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Difusión: Revista Mefisto
Yukio Mishima (1925-1970)
Por Harold Alvarado Tenorio
Una semblanza y un poema sobre uno de
los más raros escritores del siglo pasado.
A las diez y cincuenta minutos de la
mañana del veinticinco de Noviembre de mil
novecientos setenta, Yukio Mishima, acompañado por
cuatro cadetes de su Sociedad del Escudo, uno de
ellos aparentemente su último amante, Masakaatsu
Morita, fueron a visitar al Comandante de la Fuerza
de Defensa de Japón. A una señal suya los cadetes
tomaron como rehén al jefe, mientras Mishima exigía
que el regimiento No. 32 se reuniera en el patio
para escuchar una arenga. Antes de las doce salió
al balcón e invitó a los soldados a unirse a su
causa y levantarse contra un sistema, la democracia
japonesa, que había privado a la nación de su
ejército y su alma en la figura simbólica del
emperador-dios. Los silbidos y las burlas de los
ochocientos soldados sólo le permitieron hablar por
siete minutos. De regreso a la oficina del Comando
prisionero se hizo el seppuku,
introduciéndose una pequeña espada en el costado
izquierdo que luego bajó por el abdomen. A una
señal de Mishima, Morita alcanzó a darle dos golpes
en el cuello pero la cabeza no cayó, entonces otro
de los cadetes, Furu-Koga le quitó la espada de las
manos y decapitó a Mishima. Morita se arrodilló, se
clavó la espada en el vientre, mientras Furu-Koga de
un solo golpe maestro le quitó la cabeza. Terminado
el incidente, los dos estudiantes cadetes
sobrevivientes pusieron las cabezas sobre sus
cuellos y se inclinaron ante ellas con las manos
juntas. Quitaron luego la mordaza al Comandante y le
permitieron inclinarse también. Luego rompieron a
llorar.
Así narra John Nathan (Mishima/A
Biography, 1974), los últimos minutos de la vida
de uno de los más singulares escritores japoneses
contemporáneos, y quizás, el más conocido hoy en
occidente. Un prestigio que es resultado sin duda de
la extraordinaria calidad de sus novelas, ensayos y
piezas del teatro, el cual dio el toque definitivo
al personaje que hizo de sí mismo, un samurai del
siglo XX, luego de haber vendido su imagen como el
más occidentalizado de los escritores de la
postguerra.
Hijo de una familia de
seudoaristócratas arruinados, Yukio Mishima fue
educado de la manera japonesa más tradicional. A
poco de haber nacido, su abuela, una mujer que
había sufrido de histeria durante toda su vida, se
encargó de la crianza del niño hasta que éste entró
en la escuela superior, época desde la cual todo su
destino fue planeado por su padre, un hombre en
extremo autoritario, que siempre se opuso a que su
hijo se hiciera un escritor. Para un caballero
japonés, la literatura es una ocupación deshonrosa,
y sus productos, mentiras que conducen a la
degeneración moral.
Mishima, que antes de ser famoso se
llamó apenas Kimitake Hiraoka, hizo todo lo que
estuvo a su alcance para satisfacer los deseos de su
padre, desde estudiar en la Escuela de Nobles, donde
se graduó en 1944, cursar derecho alemán en la
Escuela Imperial donde se recibió en 1947 y por
último, presentar los exámenes superiores para
ingresar al Ministerio de Economía, donde trabajó
los únicos nueve meses de su vida como burócrata. No
obstante haber cumplido con estas tares para
satisfacer a su familia, Mishima había escrito ya al
menos ocho novelas cortas, tres largos ensayos sobre
literatura clásica y un pequeño volumen de poemas.
La primera novela que Kimitake
Hiraoka escribió después de renunciar a su carrera
burócrata en 1948, fue la autobiografía
Confesiones de una máscara, donde se retrata
como un homosexual latente y como un hombre incapaz
de sentir pasión o sentirse siquiera vivo, como no
fuera mediante fantasías de corte sadomasoquistas
hediondas a sangre y muerte. A partir de esta
novela, el resto de su obra tanto narrativa como
dramática tendrá el mismo leiv-motiv: pensar
en la propia muerte, segundo a segundo, para poder
sentirse vivo.
En 1956, al cumplir los treintaiún
años Mishima alcanzó la cúspide de la fama y la
gloria. Sus novelas se vendían por miles y eran
traducidas a otros idiomas, su vida se había hecho
un asunto cotidiano para los periodistas y todo lo
que hiciera o dejara de hacer iba a ser desde
entonces objeto de la más difundida atención. Fue
esta la época cuando decidió viajar por el mundo,
casarse, tener hijos y llevar una vida excéntrica,
que contaba entre sus rarezas la construcción de una
casa absolutamente occidental y la dedicación al
físico culturismo. Mishima visitó New York, París,
Atenas y Río de Janeiro donde pudo al fin dar rienda
suelta a su homosexualidad, que como se sabe, para
los japoneses no significa lo mismo que en
occidente. Uno de los memorables momentos de esa
cultura fue la sociedad Edo, cuyos más admirados
personajes fueron siempre famosos bisexuales.
Si bien puede ser cierto que luego de
su aparente occidentalización y la no obtención del
Premio Nobel , Mishima, por causa, quizás, de una
lenta pero continua pérdida de su contacto con el
público y una disminución evidente en las ventas de
sus nuevos libros, decidiera volver los ojos a sus
latentes angustias de vida fijándose en la historia
de la Liga del Viento Divino, un grupo de samurais
que se hizo el seppuku como respuesta a la
occidentalización de las instituciones sagradas
emprendida por el gobierno de 1888 luego de la
restauración Meiji, tras la lectura de la biografía
de Nathan, uno tiende a concluir que Mishima, con su
dramática muerte, selló para siempre su historia con
un incidente que difícilmente puede ser olvidado, al
menos por las gentes del siglo XX.
Así, entonces, garantizaba, al menos
para la inmediata posteridad, una continuidad para
la máscara que creó de sí mismo, producto sin duda
de la convicción de que el arte no imita la vida
sino que la crea. Porque aunque tardía, esa idea,
inventada por los renacentistas europeos, no había
llegado sino con Mishima y sus maravillosos libros a
un oriente que vive, en el arte, de una imitación
casi que servil de los modelos. El éxito del Japón y
de China, en estas postrimerías del siglo, proviene
del perfeccionamiento de esa gran habilidad de los
orientales para imitar tanto el modelo hasta
convertirlo en cosa viva, suplantación idéntica, y
no un golem, del original.
Mientras en occidente todo está
resultando un remedo de las enormes realidades
creadas desde los años de la Reforma y las
Revoluciones, en oriente, sus sociedades están
superando los arquetipos e ideologías borrando para
siempre, de copiarlas y ampliarlas y distribuirlas
masivamente, las supersticiones de originalidad que
pretendían aquellas otras de occidente. Hoy, gracias
a los orientales, nada se parece a nada y todo a
todo.
Mishima lo supo desde su juventud y
niñez. Hay que obedecer hasta la humillación todo
mandato, porque luego de cruzado ese mar de la
abyección, a todos nos llegará la hora de quitarnos
la máscara. Y ya, para entonces, habremos alcanzado
la inmortalidad, la vida que nunca tuvimos.
Cafe Blanche
Creyendo que la mejor cura contra la
melancolía
eran esas superficies radiantes y
abiertas
fuiste hasta las memorables ruinas
y viste la estatua de basalto
que del cuerpo de Antonio hicieron.
Grecia era el testimonio, bajo esa
copiosa
y virulenta luz, de cómo solo lo
externo
tiene propia existencia.
Ética y belleza
eran una y lo mismo.
Tallar el cuerpo era
tallar también el alma.
Curar el odio a si mismo
era curar la soledad.
De vuelta a casa, liberado ya del
pasado,
con aquellas camisas de colores
chillones,
tus negros pantalones de tres
prenses,
tus zapatos puntiagudos y habaneros,
el desnudo pecho mostrando la cadena
de oro macizo y los cinco medallones
entrabas al Blanche y pasabas las
noches
bebiendo cubatas y quemando porros.
Todas y todos eran tuyos.
Te enamorabas, sin duda.
Amabas tanto los ritos de la carne,
su lenguaje y sus palabras
que incluso ahora, cuando escribes,
no sientes, tampoco, interés alguno
por el “acto final”.
Harold Alvarado Tenorio
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