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El secuestro de la literatura

Por: GERMÁN LÓPEZ VELÁSQUEZ *

(Conferencia en la ciudad de Tuluá el pasado 28 de abril de 2011, invitado por Biblioteca Pública Municipal y la Secretaría de Cultura de Tuluá).

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Nada fácil hablar del secuestro de la literatura mientras la mayoría de las ciudades colombianas está tragada por el agua y todas las demás violencias. ¡Claro que me duele! Mi estado de ánimo es de dolor. Es fundamental que hagamos un pronunciamiento a favor de las víctimas del invierno que ya llegan a tres millones. Es una tragedia igual o superior a la causada por los paramilitares o los narcoguerrilleros o los agentes del Estado con sus falsos positivos o los corruptos y sabandijas de todos los pelambres. Cómo no tener amargura en el alma con tanta fatalidad. La muerte nos ataca en todas sus formas. A las masacres, la pobreza absoluta y la desesperanza, se suma la naturaleza decapitadora de almas y bienes. ¡Claro que sufro! Cómo no invadirse de llanto cuando millones de colombianos quedan en la miseria humillante; el sistema de carreteras colapsa y miles de niños crecen con canas y una mirada trágica. La devastación que vive nuestro país es peor que la de Japón. Sin embargo, le preguntaba recién un periodista microcefálico al primer gran contribuyente de renta de Colombia, Luis Carlos Sarmiento Angulo, que cuánto dinero mantenía en sus bolsillos. “Mantengo un milloncito de pesos para pagar por ahí propinitas y cositas de esas”. Por supuesto, el microcefálico periodista, celebró la indecencia como es costumbre en los más importantes directores de medios nacionales. Una risa lambona y arribista hasta la sordidez, falsificadora de la realidad, escucharon miles de colombianos esclavizados por un salario mínimo mensual cercano a los setecientos mil pesos.

Colombia es víctima de la desfachatez de muchos de sus hijos -no cae mal la lectura de la “Defensa de los lobos contra los corderos” de Hans Enzensberger- pero, también lo es, de los grandes imperialismos. La producción en nuestro país de dióxido de carbono, causante del calentamiento global, el que nos tiene inundados, es mínima comparada con la de Estados Unidos, China, India y Rusia. Tendrán esas potencias que indemnizarnos; asumir su responsabilidad ante el estado de miseria generalizada de nuestra nación.

Dos discursos me han causado en estos días de frío y pantano, mayor desolación ambientalista. Vargas Llosa, un gran escritor a quien admiro por su coherencia y su capacidad de riesgo, a quien leí su Pichulita en mis iniciales lecturas y entrevisté hace varios años en Manizales, donde me habló de sofisticados criminales fujimoristas como Montesinos, hace una intervención al recibir el Premio Nobel, en mi concepto, sin mayor profundidad ni trascendencia. No denuncia nada, no recuerda la pobreza de América Latina ni la crisis humanitaria de Haití, legitima el gobierno de Alán García en el Perú, ignora el neoliberalismo, no habla del estado de ánimo actual bastante desesperanzado y no hace referencia al compromiso del hombre con el ethos de la naturaleza, limitándose a defender los sistemas liberales y a contar su experiencia como escritor y algunos episodios de su vida familiar. No pretendo que haga una intervención sobre la situación económica y política del mundo, que se descontextualice, pero sí al menos aprovechar ese escenario para poner de presente la urgencia de modificar y mejorar el mundo que tenemos. Por su lado, Fernando Vallejo, ese incoherente amnésico que un día dice que no regresa a Colombia por ser un país de bandidos y de repente aparece en Medellín, se viene con una perorata no menos pobre ideológica y literariamente con motivo del centenario de la muerte del gramático Don Rufino José Cuervo, en el Salón de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, invitado por el Instituto Caro y Cuervo. Dice que “Bolívar, el venezolano, fue un sanguinario”.

Que la Plaza de Bolívar de Bogotá “debe llamarse de nuevo la Plaza Mayor”, como en la época de la colonia. Que la estatua del libertador obra del escultor italiano Tenerani instalada en la Plaza de Bogotá, debe enviarse para Rusia a compartir con las de Lenin y Stalin. Que él ama a Rufino José Cuervo. Por supuesto, no pudieron faltar sus chistes de idiota sin memoria con los que ha hecho reír a ciertos auditorios que celebran su estupidez. “Colombia es un antropoide gesticulante, un homínido semimudo (refiriéndose a un expresidente antioqueño); dos cantantes, hombre y mujer, que berrean con un micrófono; un automovilista y una selección de fútbol nacida para perder”.

Nunca entenderé por qué Vallejo fue invitado para el discurso central sobre un gramático cuando es el campeón de los errores de ortografía en la literatura colombiana. Su discurso es más pedante que el de los gramáticos que ayudaron a la perdición nacional con la Constitución de 1886, la guerra de los mil días, la venta de Panamá y la hipocresía santurrona y camandulera de Marroquín mientras acariciaba sus dólares en la Hacienda Yerbabuena. El problema grave de esa gramatiquería de finales del siglo XIX y comienzos del XX es que le importaba más la perfección de un verso alejandrino que los grandes negociados I TOOK PANAMA y la esclavitud cartagenera y las guerras civiles entre liberales y conservadores y el racismo y los muertos en los campos colombianos. Esa gramatiquería permitió también por varios años la inexistencia de cualquier capacidad crítica que mejorara el tejido social. Recordemos que el espíritu crítico es el motor del progreso. Entre nosotros es fusilado. En las escuelas y colegios hubo mucho látigo y regleta cuando no se decían de memoria las estrofas de San Juan de la Cruz, Góngora, Lope de Vega y Guillermo Valencia. Mientras tanto, el país seguía desangrándose en más de 50 años de hegemonía conservadora y gramatical.

Que no venga Fernando Vallejo, a resucitar las bondades de los Caro y Marroquín y Cuervo, porque le están pagando bien una conferencia fementida y lejana del sentir del hombre, de esas que se escriben por encargo y se entregan a domicilio, como cualquier mercenario de la palabra, de esos que abundan tanto y que tienen secuestrada la literatura. Colombia es más que un expresidente fascista, que Shakira y Juanes, que Montoya y la selección de fútbol y, desde luego, mucho más que los gramáticos reaccionarios, atados a la colonia española, racistas, vende patrias y guerreristas. Quiero resaltar, que a lo mejor estoy equivocado y Vallejo es un hombre bueno, tal vez lleno de amor pero muy traumatizado por el odio contra su madre y la soledad de su adolescencia. Es posible que ese sea el origen de tanta incoherencia y tanta sandez. Ese narcisista herido cuyo discurso no logra decantar conservándolo cenagoso, espeso y maloliente, es posible que se transforme en una mujer vieja y buena enloquecida con sus cachivaches, su desaparecido piano, sus perros y sus mal llamadas excentricidades.

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*Abogado, periodista y escritor, director y fundador hace 26 años, de la Revista MEFISTO de Arte, Literatura y Medio Ambiente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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