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La farsa del
arte:
perdido entra la
moda y el mercantilismo
Por
José Chalarca*
El narrador y ensayista
colombiano enfila sus armas contra la
especulación que subyuga a las artes plásticas,
criticando el trasnochado espectáculo del arte
conceptual y de todas las expresiones que hacen
parte de lo que llama Enzensberger “mediocridad
y delirio”, orquestadas desde los centros del
poder económico mundial.
El
pintor y dibujante Juan Cárdenas en artículo
publicado por el diario El Tiempo, el pasado 12
de marzo, refiriéndose a los planteamientos del
director del Museo de Arte Moderno de Nueva York,
señor Glenn Lowry en su reciente visita a
Bogotá, puso al desnudo la farsa perversa del
arte contemporáneo en el campo de la plástica.
Se refiere en concreto al arte
Pop que desde su discoteca impuso al mundo el
indefinible Andy Warhol y a otros embelecos como
el conceptualismo, las performances y el simple
basurismo.
Anota con valentía cómo los
artistas de todo el orbe, han agachado la cabeza
y dispuesto su capacidad creadora a repetir los
mamarrachos que sugieren los sumos pontífices de
la plástica neoyorquina, dentro de los cánones
que predican sus sacerdotizos encarnados
por los críticos y los curadores.
Solo es arte lo que se ciñe a sus
preceptos condicionados a su vez a la moda y el
mercado. Por eso las galerías y los museos del
mundo que se precien de estar a la vanguardia,
venden y exhiben lo mismo.
Los dictados de los críticos de
oficio que han abrevado su saber estético en las
fuentes privilegiadas del consumismo
estadounidense son ineluctables y absolutos, y
deben aceptarse como artículo de fe en todo el
orbe, así nadie los entienda o encuentre asombro
en su contemplación. Con la aplicación de esta
doctrina, la máxima artista plástica de Colombia
es una dama que en fecha reciente cubrió con
unas sillas corrientes una de las fachadas del
Palacio de Justicia, cuyo reconocimiento
universal comenzó en una galería londinense en
donde realizó una grieta y, quien, por estas
fechas, espera postrar de asombro al cultísimo
pueblo romano con un poco de mesas dispuestas
patas arriba en una de las vías más concurridas
de la Ciudad Eterna.
Todos los que no comulguemos con
esta expresión del arte más actual, tendremos
que disponernos para recibir el anatema que nos
relega a las hordas incultas de la era
troglodita.
Pero esa tiranía de la moda y el
talante mercantil no la soportan solamente las
artes plásticas. En la música ocurre igual.
Ahora no importa que alguien cante o componga
música. Los cantantes se hacen en los estudios
de grabación a punta de técnicas de sonido y
maquillajes efectistas y los ritmos son los que
demanda el mercado discográfico.
En la literatura pasa igual. El
éxito es para quienes escriben novelas o
narrativa que se pueda adaptar para la
televisión o el cine. Esos son los que logran
acumular sumas multimillonarias y los medios los
encaraman a los más altos podios de la
notoriedad y de la fama, mientras los verdaderos
creadores, se debaten en la penuria y el
anonimato sin quien les publique ni lea lo que
escriben, condenados a las tinieblas exteriores
de la desconsideración y la pobreza.
Y no podemos ignorar los
descalabros de la moda en el vestuario. Un día
de hace más o menos una década a un “hijo de
papi” en un país rico se le ocurrió dejar los
pantalones haciendo un forzado equilibrio entre
el pubis y las rodillas para mostrar una ropa
interior vistosa y en menos de nada se convirtió
en última moda que catapultada por los medios y
las técnicas de mercadeo, se esparció por toda
la superficie del planeta y hoy tenemos en todas
las ciudades y pueblos del mundo a los jóvenes
peor vestidos de la historia.
El arte auténtico que nace de la
necesidad de expresar y decir el espíritu de los
hombres, agoniza frente a la opulencia del
pseudoarte que piden los mercados que lo
consumen al ritmo de los movimientos de la moda.
El arte de hoy no es ni vale como
expresión de lo mejor de la condición humana
sino por lo que representa como inversión. Los
que tienen el dinero compran arte, no porque les
guste y lo aprecien en su valor estético e
intelectual, sino por lo que aconsejen las
empresas calificadoras de riesgo y la posición
del artista en las bolsas de valores.
El maestro Juan Cárdenas se
pregunta qué dirán las generaciones futuras
sobre las obras de arte de nuestra
contemporaneidad y, en sana lógica, habrá que
responder que no dirán nada, porque no quedará
nada sobre qué decir: de las instalaciones y las
performances, un video o una fotografía que de
ninguna manera son la instalación en sí; de las
mesas, las sillas y las basuras, eso, basura que
acabará pudriéndose en un relleno sanitario.
(Tomado de Confabulación).
*Narrador y ensayista colombiano
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