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La enseñanza de la literatura

UN PROBLEMA MAYÚSCULO

Por: Naudín Gracián

Cada día se acepta más la importancia de dominar el lenguaje como requisito para alcanzar el éxito en todas las áreas del saber académico, ya que es a través del lenguaje que se adquieren los conocimientos, y es a través del mismo que se prueba si se han adquirido. Anteriormente se consideraba que ésas eran inquietudes que sólo atañían a escritores, periodistas y profesores de literatura, pero hoy sabemos que es algo básico y fundamental para la adquisición de todos los saberes. De allí que las universidades estén optando por incluir cursos de análisis y producción textual en todas las carreras.

Es por esto que toma suma relevancia la formación que se le está dando a los docentes de Lengua Castellana y Literatura, que son los que se encargan de impartir este conocimiento desde las primeras letras hasta los más altos niveles académicos.

Esta ponencia trata de señalar, controvertir y proponer algunos puntos neurálgicos sobre la enseñanza de la literatura en las aulas. Entonces me asalta el miedo a que no se me entienda, a que se tergiverse o malinterprete lo que diré. Porque recordemos que las palabras son quizá el producto más humano que existe, no sólo porque parece que solamente los humanos las utilizamos, sino también por su carácter maleable, su significación y usos trashumantes en el espacio y en el tiempo, y por su flexibilidad que permite y provoca diversas interpretaciones hasta el punto de que, aunque hablemos con los mismos vocablos, es posible que estemos entendiendo cosas opuestas. Por ello empecemos definiendo (que en este caso es sinónimo de limitar) tres conceptos, a ver si logramos mínimamente que lo que yo exprese se refiera a lo mismo que ustedes estén entendiendo.

 

1. Qué es ser Escritor. Para un gran sector de personas, el término Escritor encierra solamente a los literatos, o sea a los que producen Literatura, que es un término también escurridizo pues, para algunos, Literatura se refiere nada más a las obras de ficción, o sea obras que no se miden por el grado de veracidad de los datos que expresan, sino por su valor estético. De esa manera, para estas personas, dentro de la literatura no está ni siquiera el ensayo. Mientras que para otros, literatura, como viene del término latín litterae, ‘letras, caracteres, escrito’, es cualquier texto expresado con palabras escritas.

Rafael Lapesa, según la Biblioteca Encarta, todavía va más lejos al afirmar que obras literarias son todas aquellas “creaciones artísticas expresadas con palabras, aun cuando no se hayan escrito, sino propagado boca a boca”.

Con el sólo fin de entendernos un poco, aclaro que en esta charla, cuando se hable de ESCRITOR se estará refiriendo a toda aquella persona que domina con suficiencia y propiedad las normas y técnicas de la expresión escrita (aunque no las conozca académicamente), o sea que domina la redacción, y que la ejerce con regularidad. Aunque no publique, porque de lo contrario se dejaría por fuera a muchos grandes autores que sólo después de muertos se les han encontrado cuadernos y apuntes que se han constituido en obras muy importantes.

Precisamos entonces que, en el caso al que apunta esta charla, el Escritor debe cumplir dos características esenciales para serlo: 1ª, dominar la expresión escrita y 2ª, ejercerla con constancia o regularidad, aunque no publique.

Frente a las exigencias del mundo actual en el que la comunicación es un arma fundamental para abrirse camino, toda persona necesita cumplir esas dos condiciones, o sea que toda persona debe ser un Escritor, aunque no lo ejerza como profesión.

Creo que cada individuo debe tener la capacidad de hacer un poema o una narración decorosa o un ensayo respetable, sin que eso exija que sea una obra maestra ni un escritor consagrado.

 

2. Qué es ser Lector: Para definir este término, echemos mano de dos conceptos de cuyos autores no puedo acordarme:

A. Los pasos de un libro son: la concepción, la planeación, la redacción, la publicación, la distribución, la lectura y la interpretación. O sea que, según este concepto, un libro sólo se termina cuando alguien lo interpreta y, aún más: cuando alguien escribe sobre él.

B. Solamente lee quien escribe, o sea quien escribe sobre lo que lee porque solamente alcanza un alto grado de interpretación (leer es interpretar) quien reflexiona lo suficiente sobre lo que lee hasta el punto de escribir sobre ello. De esta manera no deben existir los términos Lectura y Escritura, sino el término LECTOESCRITURA, pues ambos indudablemente hacen parte de un mismo proceso; ya que un verdadero Lector es quien escribe sobre lo que lee. Ser un buen lector implica escribir.

 

3. Taller Literario. Ya sabemos que la significación de los términos hay que ubicarla según las circunstancias que lo envuelven o contienen. Por ello, es muy distinto referirse a Taller de Carpintería o Taller de Mecánica que a Taller Literario, pues mientras en los dos primeros la materia prima es estática, físicamente concreta, en el tercero el material es bien distinto y por lo tanto la palabra taller no corresponde exactamente al mismo concepto. Los enemigos de que existan los Talleres Literarios son precisamente quienes no hacen esta distinción pues creen que así como un taller de carpintería es para hacer muebles de madera, un Taller de Literatura es para “hacer” o “fabricar” escritores. Lo que sucede es que dichas personas utilizan el término Escritor, como se dijo al principio, con la acepción de que escritor es “quien produce literatura” y más específicamente quien escribe ficción.

Si tenemos en cuenta la acepción que tomé de Escritor para esta charla, es decir que Escritor es toda aquella persona que domina con suficiencia y propiedad las normas y técnicas de la expresión escrita, y que ejerce esta última con regularidad, vemos que en realidad el objetivo de los Talleres Literarios sí es hacer escritores, o sea posibilitar que los asistentes dominen las técnicas de la expresión escrita y que se acostumbren a ejercerla constantemente. Esto se logra con metodología, con ejercicios (porque no existen palabras mágicas para alcanzarlo) y sobre todo con lecturas, pues para escribir se necesitan ideas y éstas sólo surgen de la lectura de libros y de la lectura del mundo. Por ello no se concibe un taller literario en el que no se hable de historia, sociología, psicología, religión, astronomía y de todas las ramas del conocimiento humano. Aunque un lectoescritor se incline por explorar una sola de las formas de expresión escrita (llámese poesía, ensayo, narrativa, teatro, etc.), el ideal es que las domine todas. No le queda nada bien a un excelente poeta no ser capaz de escribir una carta formal suficientemente decorosa, o a un gran novelista ser incapaz de redactar un proyecto que beneficie a su comunidad o a sí mismo. De manera que un taller literario es un espacio para aprender (ejercitándose) a expresarse bien de forma escrita, para aprender a disfrutar las diferentes áreas del conocimiento humano, para aprender y dominar las técnicas para estructurar y analizar un texto, cualquiera que sea su género.

 

Propuesta

Por supuesto, toda la perorata anterior es una preparación del terreno para cometer el siguiente atrevimiento, para algunos con seguridad será un exabrupto.

Vemos que el documento de los Estándares Básicos de Competencias del Lenguaje  emanado del Ministerio de Educación Nacional, las Pruebas Saber y las del ICFES, todo ello apunta a centrar la importancia de la enseñanza de la lengua materna en lograr que el educando alcance un alto nivel en sus posibilidades de comunicación, asunto muy pertinente en un país que se desangra por la incapacidad de sus naturales para entenderse. Así encontramos que las Pruebas Nacionales, antes que evaluar conocimientos, están enfocadas a detectar la capacidad del evaluado para comprender, inferir, analizar y proponer a partir de textos. El espíritu de los Estándares Básicos de Competencias es que se enseñen asuntos de gramática, movimientos literarios, semántica, religión, sociales, etc., sólo con el fin de mejorar nuestra capacidad de comunicación: sólo el conocimiento del ser humano de forma holística hará posible que nos entendamos y toleremos.

De allí que mi propuesta sea que la asignatura de Lengua Castellana en la Educación Básica y Media Vocacional sea enfocada como un permanente y continuo Taller Literario, o de redacción o de lectoescritura (es lo mismo). Si sólo quien escribe realmente tiene la posibilidad de interpretar (lo cual es en sí leer), si solamente quien lee tiene ideas para escribir y la posibilidad de llegar a expresar de forma acertada sus ideas, y, finalmente, si las pruebas que ha implementado el Estado para evaluar a las instituciones educativas están cimentadas sobre la lectoescritura, entonces la materia de Lenguaje debe estructurarse o enfocarse alrededor de la lectoescritura, que es lo que hacen los talleres literarios. Que, al evaluar cada tema, el objetivo sea detectar en qué medida el nuevo conocimiento ha contribuido a que el estudiante sea mejor lectoescritor u orador, o sea en qué ha mejorado sus posibilidades comunicativas. Y no como se acostumbra: cada tema se ve como una célula independiente del conocimiento, de modo que, al momento de evaluarlo, se hace con ejercicios aislados del contexto comunicativo, de tal forma que el estudiante puede aprenderse el tema, y responder correctamente los exámenes, y seguir teniendo los mismos problemas comunicativos de antes. La evaluación de, por ejemplo, los movimientos literarios, no debe enfocarse en detectar si el estudiante se aprendió las características de equis movimiento, sus autores y obras más importantes, sino en detectar si ese nuevo conocimiento le ayudó a mejorar su capacidad para interpretar un texto o una situación dada. Igual con el resto de conocimientos de la asignatura pues nada hace un estudiante aprendiéndose la estructura de la oración, o las reglas sintácticas y ortográficas, por ejemplo, y que luego no sea capaz de utilizar ese conocimiento para dar una información suficientemente clara

Por otro lado, quien lee sabiendo cómo hace el escritor para organizar sus ideas y para entretejerlas, que es lo que se aprende en los talleres literarios, tiene muchas más posibilidades de escudriñar el texto y de no “tragar entero”.

 

Inconveniente mayúsculo.

“Nadie da de sí lo que no tiene”, de manera que quien no lee ni escribe no puede enseñar a hacerlo y mucho menos a amarlo. Entonces, como es fácilmente deducible (y lo más raro es que lo que voy a decir a muchos puede parecerles una exigencia extrema, cuando es lo más obvio y natural), todo profesor de Lenguaje debe ser escritor en la acepción que se explicó arriba. Para él leer, interpretar, analizar, criticar y escribir textos debe ser tan natural como que un tendero tenga abarrotes en su negocio: esa es su mercancía y herramienta de trabajo. Si el profesor ha de enseñarle a sus estudiantes a producir equis clase de texto, e incluso ha de exigirles que le hagan uno, debe estar en la capacidad de hacer uno primero con ellos, en el salón de clases, para que los estudiantes vean cómo se prepara, se arma y se ejecuta, para que el joven se convenza de que no tiene que esperar un don especial ni una inspiración mágica para lograrlo.

Actualmente el profesor le está enseñando al educando qué es una clase de texto, sus características o partes, y enseguida lo pone a hacer uno sin haberle enseñado a hacerlo, sin que el aprendiz haya visto cómo se hace. Si nos explicaran la manera de utilizar el serrucho, la madera, la escuadra y los clavos sin mostrárnoslo, y enseguida nos exigieran que hagamos una mesa, con toda seguridad fracasaremos. El mismo caso pasa con la lectura: el maestro le exige al estudiante que lea un texto nuevo para él (el estudiante) mientras el mismo profesor nunca lee obras nuevas.

He realizado capacitaciones a miles de docentes de primaria y bachillerato de los departamentos de Córdoba, Sucre, La guajira, Medellín, Cundinamarca y el Amazonas, y en los ejercicios de redacción y de análisis que les pongo, en su batallar con las cosas más simples de la redacción, en sus comentarios y preguntas desenfocadas, se alarma uno del gran problema de lectoescritura que tienen nuestros maestros. Pero eso no es lo más alarmante, sino su apatía por mejorar estos aspectos. Con razón incluso los que se especializan en Pedagogía de la Lengua Escrita pagan para que les hagan los ensayos y monografías (¡qué cosa más contradictoria!).

Muchos maestros no tienen la más mínima simpatía por el libro en su práctica docente. Por ejemplo, para ellos es imposible pedirles un libro de cinco mil pesos a sus estudiantes, pero sí les exigen la cuota de 30, 50 mil pesos o más para el paseo o la despedida del año, y para ese objetivo sí organizan rifas y actividades, pero nunca lo hacen para comprar libros y mucho menos para llevarles un escritor que enriquezca la práctica educativa.

Como podemos ver, con este material humano es muy difícil mejorar la competencia lectoescritora de los jóvenes.

El papel de la universidad (aclaro que no hablo de ninguna universidad específica, sino de la institución formadora de profesionales)

La universidad tiene un alto grado de culpabilidad en este fenómeno porque pareciera que su objetivo no fuera profesionalizar a personas enamoradas de lo que hacen, sino prepararlas para hacer un oficio.

Por eso uno encuentra que, por ejemplo, estudiantes sancionados en su institución por atentar contra la convivencia, ganan Ética en E simplemente porque se aprenden los temas y contestan acertadamente los cuestionarios. Igual pasa en la educación superior en la que los estudiantes se gradúan porque simplemente cumplen con unos procesos y evaluaciones que no están dirigidos a enamorarse de lo que estudian, sino a saber desempeñarse en un oficio, sin que necesariamente se trate de algo que les agrade ni estén dispuestos a llevarlo a la práctica. Parece que la universidad da por hecho que si alguien se mete a estudiar algo es porque obligatoriamente lo ama, cuando ya sabemos lo desorientada, en cuanto a su futuro profesional, que termina la mayoría de nuestros jóvenes su educación secundaria.

La propuesta para las universidades es, entonces, que el pensum del pregrado en Lengua Castellana (cualquiera que sea el nombre que le den) tenga en sus primeros cuatro semestres sólo materias relacionadas con la lectura, el análisis y la redacción de textos. Que sólo luego de que el estudiante de pregrado domine esto tan básico y fundamental en su futuro desempeño profesional, se le enseñe cómo enseñar eso que ya debe saber hacer, y que ya debe haber comprobado que le gusta. Esto serviría no sólo para que el futuro profesional se prepare realmente en lo que va a enseñar, sino también para que aquel que no tenga inclinaciones reales y contundentes hacia esta área del saber lo detecte pronto y no continúe hasta graduarse en algo que no le gusta y que por lo tanto no estará verdaderamente preparado para ejercer.

Porque un docente de Lengua Castellana y Literatura debe ser formado como escritor, o sea que debe ser formado para que el acto de escribir para él sea algo que domine con propiedad y solvencia, y que además lo disfrute, aunque no publique ni sea escritor profesional. Allí veo un acierto de la Universidad Central al abrir un programa de licenciatura en Escritura Creativa, lo que no es otra cosa que un pregrado en capacitación para aprender a leer y escribir, y para enseñar a leer y escribir.

Los docentes de Lengua Castellana que no están verdaderamente capacitados para este objetivo, le están haciendo un gran daño a la educación, porque se dedican en sus espacios de docencia exclusivamente a la historia del lenguaje y a la historia de la literatura, o a la parte científica del tema, lo cual no es lo que ayudará a resolver el problema que se ha detectado y que se pretende superar: la deficiente comunicación. Esos son conocimientos necesarios en alguna medida para el proceso lectoescritor, pero no es el objetivo final. De hecho hay escritores reconocidos que no saben qué es una macroestrucura, ni intertextualidad, ni podrían ubicar con precisión los movimientos literarios ni sus autores más representativos, y, sin embargo, obviamente tienen un alto nivel de comunicación.

Quiero apuntar que en ese pensum que propongo la literatura departamental y regional debe tener un sitial preponderante, para que los nuevos docentes puedan contagiar a sus alumnos el amor por la literatura local.

La necesidad de que existan los promotores de lectura y los talleres literarios, demuestra que el sistema educativo y los profesores de literatura no están haciendo bien su trabajo, pues esa es precisamente su función. Todo eso será posible sólo cuando la formación en Lengua Castellana y Literatura esté dirigida a preparar docentes que amen la lectoescritura y estén realmente preparados para enseñarla. De lo contrario seguiremos produciendo muchos profesionales acreditados para enseñar lo que no dominan ni aman, y por lo tanto no serán la solución al problema que se ha detectado y que se pretende superar.

Quiero finalizar dándole un abrazo a todos aquellos maestros de Lengua Castellana que sí leen y sí escriben, y que sí se preocupan porque sus estudiantes lo hagan, que desafortunadamente no son la mayoría, pero que, como las brujas, de que los hay los hay.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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