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El asombro de Dios
Por: GERMÁN
LÓPEZ VELÁSQUEZ *
Supe años después que varios
predicadores, esos que se ponen en la cabeza
sombreros morados, largos y puntudos, como de
brujas, y batolas negras, fueron expulsados de
sus congregaciones por herejes y pederastas;
ellos desvirtúan a Dios, ellos no obedecen el
catecismo. Su indumentaria no los hace monjes.
Sin embargo, arrojan agua en sus empalagosos
ritos para recordarnos el diluvio y el pecado.
Escamotean a Dios.
Supe también que los asesinos a
sueldo, elevan plegarias a Dios, antes de
disparar. Me enteré de que después del crimen,
las repiten, en agradecimiento. Supe que otros
se arrodillan con devoción, algunos hasta
comulgan. Incluso tienen santos a los que
también pronuncian oraciones. Un asesino de esos
tenía en la pistola cuarenta crucecitas para
recordar los muertos. La cruz también es un
símbolo complejo. Significa según lo dijo el
evangelista, el martirio, el sufrimiento, la
culpa que debemos sentir. Todos tenemos que
cargar una pesada cruz como castigo por los
pecados. Dios prohíbe matar, mentir, traicionar,
odiar y jurar en su nombre. Hay que ser
honrados. Ganarás el pan con el sudor de tu
frente.
Cuando niño, antes de acostarme,
me obligaban a hacerme con la mano derecha una
cruz en el pecho. También tenía que decir con
los ojos cerrados: Dios, en tus manos encomiendo
mi espíritu. Así que el asesino a sueldo tallaba
una pequeña cruz en su revólver para no olvidar
el número de crímenes, y de paso, testimoniar
su culpa y su creencia en Dios.
Dicen que Él ama la cruz, que es
su símbolo escogido, porque con ella nos
recuerda que estamos condenados a la barca de
Noé, al dolor supremo y la desaparición
forzada. El mercenario con sus cruces indicaba
que seguía sus enseñanzas, que acogía su
catecismo. No entiendo cómo un decapitador de
vidas, acuda a Dios para que lo proteja y para
colmo, le agradezca sus buenos oficios. Dios no
puede ser así, él debe ser diferente. Ese
monstruo no puede ser el Dios de los hombres ni
de nada. Dios no puede ser la mano derecha de
los criminales que tantas lágrimas han causado.
¡Gracias a Dios terminó la
guerra! ¡Gracias a Dios pasó el terremoto!
¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Dios! En fin,
gracias a Dios por todo, hasta por matar y
falsificar.
Delirantes exclamaciones de una
empobrecida moral y, sobre todo, de una abusiva
instrumentalización de la fe. La guerra dejó
cincuenta millones de muertos, destrucción y
excesivo dolor. El terremoto miles de cadáveres
y cientos de lisiados, huérfanos y viudas.
¿Damos gracias también?
Ayer el invierno mató tres niños.
Sentí dolor intenso, apenas se asomaban a la
vida. Dios no puede ser así, me niego a
creerlo. Ellos murieron asfixiados, destripados,
desmembrados, también por la decisión de Él, el
Todopoderoso. No podrá decirse que los niños
violaron el catecismo y los mandamientos. Ese
dictador vive equivocado como todos los de su
estirpe. Siempre mata, cúmplase o no con su ley.
No es compatible la vida con la de un dictador.
La borran de un zarpazo. Atacan con sevicia, con
extremada maldad, sin preaviso, a mansalva. Su
trono es lo único real y posible. Debemos estar
siempre agachados y habitar en el miedo y la
falta de esperanza, en el diluvio universal y la
barca de Noé. Su férula no conoce clemencia ni
bondad, jamás se apacigua, por eso debemos
cargar sin descanso la pesada cruz hasta llegar
a la cripta donde seremos momificados y
resucitados al cabo de los siglos para escuchar
el veredicto final de los tiempos. Será el
instante apoteósico del Rey Vengador, del Gran
Verdugo, del Goliat que reducirá todo a un
cementerio.
La miseria del mundo, la pobreza
que envilece, los multimillonarios que se
pavonean con sus excentricidades egolátricas,
las enfermedades, las inundaciones que devoran,
los terremotos, los mares que se tragan ciudades
retratando momentos apocalípticos, las
tragedias, el genocidio, la tortura, el
asesinato mercenario, la muerte de un niño
desnutrido y el gemido de una madre afligida y
hambrienta, no pueden ser obra de Dios. Me niego
a creerlo. Si hay un Dios no puede ser el del
catecismo y la amenaza diaria, el que torturó a
Noé y evitó su muerte como única alternativa
ante el insoportable dolor. Debe haber un Dios
diferente, edificante, compasivo y amigo. Ese
tiene que ser el verdadero Dios, NO el que
pregonan pederastas y pedofílicos de sectas
tramposas y marrulleras, el mismo que alaban no
pocos pastores y dirigentes religiosos que
desglosan su mensaje divino y dicen qué le gusta
y qué no le gusta y hasta lo aplauden, mientras
en la entrada de sus templos los esperan
escoltas y blindados continuadores de su
cinismo. ¡Aleluya! ¡Aleluya! exclaman desde sus
púlpitos. Bienaventurados los ignorantes porque
ellos enriquecen a los reyezuelos de la tierra.
Queremos a gritos un Dios con
alma, sin ambiciones, limpio de odios y
venganzas, que no amenace, que no se desplace
raudo en carruajes de guerra. Un Dios que
permita una sociedad noble y sin egoísmo. Un
Dios constructor, comprensivo y humilde. Un Dios
que no permita la opresión. Un Dios que prohíba
las armas nucleares, químicas y biológicas. Un
Dios que devuelva la armonía a la naturaleza
para que los peces y las aves y todo lo que
tiene soplo de vida permanezca. Un Dios que no
ofrezca paraísos a los que siguen su catecismo
sino un Dios que haga de La Tierra el verdadero
cielo y que sea la imagen cincelada y perfecta
del amor. Ese es el Dios que concibo, que exige
mi corazón. Rechazo al Dios omnipotente,
megalómano, fantoche, humillativo y criminal que
nos metió en una barca y nos condenó con Noé.
Ese no puede ser mi Dios ni el de nadie; ese
Dios vengativo y sin misericordia tiene que ser
una creación de estafadores, de explotadores del
miedo y la ignorancia, de oficiantes adictos al
vino y la guerra que se lucran con diezmos y
rezos de esperanza. Por supuesto que me atacarán
desde las herramientas de la epistemología y las
investigaciones hagiográficas y la hermenéutica
que defenderán desde sus tribunas refutándome,
renglón por renglón, con rigurosa exégesis;
dirán que falto a la verdad revelada por Dios a
los privilegiados.
De ser cierta la existencia de
ese Dios, el de esos predicadores y falsos
profetas que desprecian la vida y proclaman la
muerte inminente en cada una de sus letanías,
ellos serán con seguridad los primeros en caer a
las incandescencias del averno. Pero no lo creo.
Es imposible que exista ese Dios. Tiene que
haber uno diferente y esplendoroso. Una deidad
que comprenda lo absurdo del drama humano, la
sinrazón de la enfermedad y el sufrimiento; una
divinidad guiada por la piedad y la belleza de
la vida y la alegría desbordada del milagro de
un niño y del sol y las estrellas. Un Dios que
nos quite las cadenas y el suplicio, que sane
nuestras almas y nos imponga el más grande de
los mandamientos: Amarás a tu prójimo. Ese Dios
liberador y amable es mi Dios, el que llevo en
mi corazón y mi cerebro, en la emoción y la
razón; es el que me ayuda a luchar contra la
inequidad, el que me permite preservar y mejorar
el medio ambiente y la naturaleza, el que me
deja vivir con ilusiones lejanas de la muerte y
disfrutar con frenesí la metáfora mágica y
alucinada de un poema; el que me prohíbe abusar
de mis hermanos y no me esclaviza del poder ni
del dinero alejándome de toda ambición diferente
a la felicidad del hombre y la justicia en La
Tierra. El que me deja sostener entre mis dedos
el pétalo iridiscente de una rosa y olerlo, y
olerlo con la misma alegría de una manada de
pájaros que revolotean y trinan en la esperanza
blanca de la aurora. Ese Dios generoso que nos
muestra la vida y el color de la belleza en el
arco iris eterno cubierto por inofensivas
cortinas de cristal, es mi único Dios. El que
pacta con la vida y no con la muerte.
No puedo aceptar al otro, al
distante, al guerrero, al que habita en el limbo
y no satisface nuestros corazones, al que
proclaman tartufos y negociadores del alma.
Reniego de ese cíclope que trata siempre de
matar a Ulises cuyo único deseo es llegar a
Itaca, superando las más grandes dificultades y
los mayores peligros. Dios no puede tener maldad
en sus designios ni ser cómplice de ninguna
injusticia. Él no legitima tribunales santos de
la inquisición, ni cruzadas ni sectas ni
fanatismos. El Dios que amo con todas mis
fuerzas está en el lienzo aromatizado de las
flores, en el milagro de las noches
meticulosamente iluminadas, en la felicidad
intensa que me desborda y arrebata por el sólo
hecho de estar vivo y poder abrir de nuevo mis
ojos en la mañana; en el beso furtivo de la
tarde azuzada por los arreboles. Siento a Dios
cuando me abrazo y abrazo, cuando acaricio mi
piel y la fundo en la emoción compartida e
inexplicable del éxtasis. Ese es mi Dios, el que
se sienta en el trono de la bondad, la alegría y
la belleza, el que me deja ver la luz y permite
repoblar La Tierra, el que mueve la batuta como
verdadero maestro y da rienda suelta a la música
universal de la orquesta. Descubro a Dios en la
mirada furtiva de los enamorados, en su
desprendido cansancio después de la faena, en la
unción de las carnes anhelantes.
El asombro de Dios es la excesiva
maldad de los corazones. Son los novecientos
millones de hambrientos que se ven desde las
alturas del cielo. Son los niños esqueléticos y
desorbitados del África y del mundo que nos
miran con asombrosa vergüenza y nos restriegan
los peores pecados, la lágrima que nos sepulta.
Es la crisis alimentaria de los biocombustibles
y el capitalismo salvaje. Es la corrupción del
alma y la violencia sin tregua. Es el espíritu
carcomido y depredador cuyas emanaciones
intoxican la tierra. Ese es el asombro de Dios,
del verdadero Dios encadenado por los
impostores, por los corsarios y los enemigos del
hombre, que evitará otro diluvio universal y
acompañará a Noé para que nunca jamás pierda su
verbo, el efluvio vital sobre los mares, los
cielos y la tierra. ¡Levántate, Noé!
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*Abogado, periodista y escritor, director y
fundador hace 26 años, de la Revista MEFISTO de
Arte, Literatura y Medio Ambiente.
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