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El asombro de Dios
Por: GERMÁN
LÓPEZ VELÁSQUEZ *
"Dios
es la máxima creación de la literatura
fantástica. Lo que imaginaron Wells, Kafka y Poe,
no es nada comparado con lo que imaginó la
teología. La idea de un ser perfecto,
omnipotente, todopoderoso, es realmente
fantástica”.
Jorge Luis
Borges.
"El sufrimiento de
Scott Fitzgerald fue agravado por su rechazo de
Dios, por su incapacidad de ser cómplice del
mayor fraude metafísico".
Emil Cioran.
Los textos del
Antiguo Testamento refieren diálogos
establecidos por Dios con algunos hombres. Yo lo
he intentado, muchas veces, y todos mis intentos
han sido fallidos. No lo niego, he querido ese
diálogo, esa conversación fluida y generosa. He
deseado hablar con el protagonista de esas
historias que escuché en una iglesia rodeada de
cruces.
Cuando Dios
consideró terminada la creación, se recogió
miles de años. Ensimismado y triste no dejaba de
meditar, pues no transcurrió mucho tiempo sin
que los hombres contradijeran con sus acciones
los planes que ÉL se había propuesto para ellos.
Adán y Eva, los hijos de estos y muchos de sus
descendientes, actuaron de tal manera que
avergonzaron y humillaron a Dios, quien lo había
creado Todo, siguiendo un plan perfecto. Dios se
quedó pensando, centenares de años, con un
sentimiento de culpa. La tristeza y la
frustración se adueñaron de sus pensamientos.
Un día, ahogado en
el llanto incontrolable de la decepción,
abrumado, consideró el suicidio, pero Él, Dios,
no podía matarse. Estaba condenado al hastío y
la parálisis. Quitarse la vida, sin duda, es una
forma de acción extrema. No es fácil. Es una
decisión que exige aguda reflexión y gran
actividad, yo pensaría que es el momento de
mayor enervación de la energía. Quitarse
la vida es una acción propia de los hombres, y
es un privilegio del cual no puede gozar la
divinidad.
La contradicción
entre el hombre que soñó y el hombre creado, lo
satisfizo cada vez menos, mejor dicho, nunca lo
satisfizo. La bajeza de sus actos, su espíritu
pérfido y su mente perversa, fueron el espejo
donde se vio reflejado el fracaso de DIOS. Un
día, iracundo como nunca, decidió matarlo. Su
contradicción se extendió a todo lo creado por
Él. Nunca aprobó su conducta, su manera de
pensar y de sentir. Su aspiración era crear a un
hombre a su imagen y semejanza. No pudo hacerlo.
Ese fracaso lo condujo a la ira y al final optó
por su destrucción. Para Dios resultaba
intolerable permitir la continuidad del hombre;
consideró que debía exterminarlo; su obra de
arte principal se había convertido en un
desencanto. Había que destruirla y arrojarla al
fin de la historia. Ese Dios arrepentido actuaba
con extremada ira, con excesivo rencor. Causó el
hombre tanta insatisfacción en Él, que en sus
ojos se aposentó el odio y el deseo feroz de la
muerte que como un veneno invadió cada uno de
sus pensamientos; Dios se hizo muerte. El hombre
fue su equivocación, su mayor torpeza, su
lapidación como ser divino. Todo su orgullo y
soberbia estaban lastimados. El hombre no fue
obediente ni sumiso.
Esa criatura
fatua, apasionada, absurda, codiciosa, arrojada
al mundo del deseo, que piensa y goza de la
libertad y el vértigo, impredecible, no fue lo
que Él quiso, no colmó su ideal supremo. Había
que castigar su rebeldía, su inconformidad. Fue
el primer genocidio ordenado por Dios, su
primera destrucción de La Tierra. La ordenó con
inusitado odio, no hay duda. Fue una venganza
planeada con inmensa paciencia. Dios estaba
desvirtuado por el proceder del hombre y el
castigo tenía que descargarse sobre él con la
mayor sevicia, sin atenuantes, como un rayo en
la mitad de la noche.
Cuando ya se
silenciaban los últimos gemidos y los
estertores de la muerte se fundían en el olvido,
cuando todo era oscuridad y desolación y la
última montaña fue rebozada por las aguas caídas
desde las fuentes abiertas del cielo y las
cataratas que se precipitaban estruendosas desde
todos los abismos, cambió de parecer: Optó por
dejar a un sobreviviente, a Noé, ¡Sí! al idiota
de Noé que resultó involucrado sin su
consentimiento, en una verdadera pesadilla. En
la mente de Dios estuvo primero el diluvio y
después la salvación de Noé. De nuevo Él, quedó
ensimismado, perplejo, con la mayor duda.
Matarlo o no fue su dilema. Dios se hizo duda.
Su sentencia tardó otros cientos de años.
Noé vivió esos
interminables tiempos en una barca mugrosa y
estrecha, poblada por cientos de especies, que
al final lo enloquecieron. Nunca hombre alguno
vivió la condena de Noé. Inocente, ajeno a
cualquier pecado, libre de impudicia, pagó en la
soledad y el destierro absoluto, la sentencia
más atroz. No logró entender jamás la decisión.
Dejarlo solo, en un miserable barco de tosca
madera, sin comodidad alguna, con animales
bullosos y sucios hasta la enfermedad, flotando
en un mar sin horizonte, náufrago de un capricho
divino, lo enloqueció.
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*Abogado, periodista y escritor, director y
fundador hace 26 años, de la Revista MEFISTO de
Arte, Literatura y Medio Ambiente.
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