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Antonio Skármeta:
La ruta hacia "El cartero"

Aparecen en la
fotografía: Antonio Skármeta, Alejandro José
López Cáceres y Michael Radford.
Por: Alejandro
José López Cáceres
1
Juventud y rebeldía no han sido siempre ideas
afines. Una panorámica mirada a la historia nos
permitiría avizorar que durante los periodos
políticamente más convulsos -sobre todo durante
las guerras-, quienes ejercen el poder prefieren
diluir la noción de juventud en beneficio de
otros motivos que favorezcan la manipulación de
sus gentes. En estos casos, los conceptos
socorridos por excelencia suelen ser los de
Patria y Nación. Y la verdad es que pocas ideas
como éstas -exceptuando la de Dios y la de
Libertad- han arrojado tan evidentes réditos a
los gobernantes cuando se trata de provocar la
inmolación de generaciones enteras. El
transcurso de los siglos nos muestra que,
paradójicamente, la mayor acumulación de poder
se produce cuando más se llega a despreciar la
vida humana; y esto con prescindencia de cuál
sea el ideal utilizado en favor de semejante
despropósito. Por contrapartida, los momentos de
relativa calma entre países -o de tendencia al
equilibrio- suelen propiciar la asociación de
los dos conceptos que mencionaba atrás. Cuando
los jóvenes tienen la ocasión de volcar su
extraordinaria energía hacia la búsqueda del
bienestar, hacia el deleite vital, la rebeldía
aflora como síntoma y a la vez como camino. La
última vez que esto ocurrió de modo ostensible
en la historia de nuestra cultura fue en mayo de
1968.
En el
campo literario, muchas obras se ocuparon de lo
sucedido en aquel momento y dieron cuenta de las
transformaciones que se produjeron entonces en
el imaginario social. Y en lo que toca a la
narrativa latinoamericana, hubo una generación
de autores que se volcó a vivir este fenómeno y
a indagarlo desde su escritura. Me estoy
refiriendo a novelistas como Manuel Puig,
Osvaldo Soriano, Mempo Giardinelli, Óscar
Collazos, Andrés Caicedo, Bryce Echenique,
Sergio Ramírez, Severo Sarduy, Norberto Fuentes,
Isabel Allende, Antonio Skármeta, entre otros
muchos; es decir, estoy hablando de ese conjunto
de voces juveniles que por aquellas calendas
iniciaban sus carreras literarias y que algunos
críticos han dado en llamar Posboom. (1)
Ahora bien, casi todos estos narradores
transitaron posteriormente hacia una gran
diversidad de motivos. Pero uno de ellos ha
hecho de la juventud el tema por excelencia de
toda su literatura: el chileno Antonio Skármeta.
Sobre este punto precisamente -a propósito de la
reedición que en 2004 hiciera Random Huose de
sus dos libros inaugurales-, Camilo Marks
escribía:
Y aunque aún
produzca placer la lectura de estos notables
trabajos juveniles, a más de 30 años desde que
vieron la luz, se advierten en ellos rasgos que
después predominarían en el Skármeta maduro: un
narcisismo galopante, un culto hacia la
juventud, casi una fijación obsesiva por lo
adolescente, un experimentalismo a ratos
gratuito (…) Cuando se tienen 26 ó 28 años, eso
carece de importancia y ésta es una de las
razones, aparte de las artísticas, gracias a las
cuales “El entusiasmo” y “Desnudo en el tejado”
se han convertido en clásicos y siguen
perviviendo como recurrentes ejemplos de lo
mejor que la prosa nacional generó durante la
segunda mitad del siglo pasado. (2)
Pues bien, de este
narrador quisiera ocuparme en las páginas que
siguen. O más exactamente, de la manera como ha
elaborado su tema central hasta llegar a
legarnos al más famoso y quizás el más
entrañable de todos sus personajes: Mario, el
cartero de Pablo Neruda.
2
La prolífica
trayectoria literaria de Skármeta (Antofagasta,
1940) se inicia con dos volúmenes de cuentos:
“El entusiasmo” (1967) y
“Desnudo en el tejado”
(1969). Con este último obtuvo el
Premio Casa de las Américas,
en Cuba, circunstancia que significó su
proyección internacional y el primer gran
impulso a su carrera. Los relatos que integran
dichos libros están impregnados, efectivamente,
del ímpetu vitalista característico de ese
fenómeno social y cultural que fue mayo del 68.
Cabría recordar que las coordenadas más notorias
en aquella corriente de época estuvieron ligadas
a la exaltación del amor libre -tras el
descubrimiento de la pastilla anticonceptiva-, a
la popularización del movimiento hippie, al
consumo de marihuana, a la adopción de estilos
de vida más citadinos e itinerantes; en fin, a
la rebeldía contra las tradiciones familiares y
todo lo que pudiese representar un espíritu
conservador u oficial. Tal como lo indica el
título del primer libro publicado por el
chileno, el entusiasmo se convirtió en la
impronta del momento y se propagó por todas las
grandes urbes del mundo, incluyendo, desde
luego, las caóticas ciudades de Latinoamérica.
Valdría la pena subrayar que una cierta actitud
contestataria impregnó las narraciones de aquel
período y que la apertura en el lenguaje
propició la incorporación del coloquialismo,
especialmente en lo que se refiere a las jergas
más urbanas y juveniles. Una década más tarde,
el propio Skármeta escribiría una especie de
manifiesto personal y generacional. En éste
regresa detalladamente sobre las peculiaridades
de aquella literatura escrita por sus
contemporáneos y por él mismo; allí nos dice:
La narrativa más
joven, pese a toda la estridencia de su complejo
aparato verbal, es vocacionalmente
antipretenciosa, programáticamente anticultural,
sensible a lo banal, y más que reordenadora del
mundo en un sistema estético congruente de
amplia perspectiva, es simplemente presentadora
de él. Sus héroes no se reclutan en la
excepcionalidad que busca desde allí mirar lo
común, sino en los carnales transeúntes de las
urbes latinoamericanas. (3)
Sin embargo, esta
insumisión que viene a convertirse en el signo
distintivo de la época no parece tener ante sí
enemigos demasiado visibles o evidentes. La
rebeldía juvenil que expresan los protagonistas
inaugurales de Skármeta -o los de autores como
el colombiano Andrés Caicedo, por ejemplo- se
debe más a una afirmación radical de la
individualidad que a algún tipo de lucha
programática, al menos en un primer momento. La
crítica Soledad Bianchi lo ha plateado con
bastante fortuna cuando nos dice: “Si algo llamó
la atención en ‘El entusiasmo’ fue la vitalidad
de sus personajes. Vida, energía, impulso,
entusiasmo, que los llevaban a asombrarse frente
al mundo, a interrogarse y a intentar apropiarse
de él en conductas cotidianas que los hacían
reconocerse y sentirse partícipes e integrantes
de la naturaleza y de los otros seres”;
seguidamente, Bianchi complementa su análisis
haciendo una precisión más: “Estos seres que
viven tan intensamente sus cuerpos, sus
quehaceres, sus preocupaciones e intereses, se
superan sólo porque se enfrentan, oponiéndose, a
una sociedad que quieren diferente, aunque no
sepan cuál sea la salida apropiada ni se
comprometan en experiencias colectivas que
podrían variarla.” (4) Ahora bien, dicho deseo
de integración al mundo circundante pasa de modo
sensible por el tema erótico; esto es, por el
despertar amoroso y la iniciación sexual. Por
eso el sensualismo de estas narraciones nos
involucra de manera permanente en anecdotarios
de conquista y seducción, los cuales suelen ser
contados por Skármeta apelando a un lenguaje que
mezcla la poetización y la rudeza de la
explicitación.
NOTAS
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