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  ::: Artículos del director

 

REALIDADES DE LA LITERATURA COLOMBIANA

Por: Germán López Velásquez *

(Conferencia dictada en la Biblioteca Darío Echandía del Banco de la República de Ibagué el jueves 11 de septiembre de 2008).

Apreciados amigos:

Dedico éstas ideas a la bella Omaira, símbolo de la brutalidad de la naturaleza y del egoísmo de Dios. La naturaleza es poesía cuando está soleada y letra prosaica cuando enfurecida.

Al Dueto Garzón y Collazos, que escuché siempre en los días del padre y de la madre, mientras llenos de alegría, almorzábamos en mi casa, sancocho de gallina.

A los desplazados de todas las violencias que ha vivido el Tolima.

Al poeta, historiador y novelista, Simón de la Pava Salazar, humanista de excelencias, que no ha descansado un minuto de su vida, acosado por los desvelos intelectuales.

A mis amigos, José Antonio y Efraín Vergel, Cecilia, Magil y Pastor, poetas, narradores y pintores, de madura creación.

Recuerdo una declaración radial del político liberal Darío Echandía, en la que señaló :  “Los colombianos somos muy cafres y tenemos mala memoria”. Quiso el destacado dirigente del Frente Nacional, seguramente, resaltar dos categorías del alma nacional : Ser cafres y, desmemoriados. Si revisamos el texto del ilustre Profesor Luis López de Mesa, DE CÓMO SE HA FORMADO LA NACIÓN COLOMBIANA, ni somos cafres ni somos desmemoriados. Lo anterior, porque hay dos maneras de ver nuestra historia. La que sostiene que somos la reencarnación del Sagrado Corazón de Jesús y, la que nos tipifica como un asociación o concierto para delinquir con Alí Baba y sus cuarenta ladrones. Darío Echandía se inclinó por la segunda, en contravía del querer católico ultra conservador. El Robo de tesoros, las traiciones, las decapitaciones, la violencia y el crimen en sus más elaboradas formas, han actuado con nosotros. La noche septembrina recuerda la traición contra Simón Bolívar. Según historiadores su viejo amigo Santander trató de matarlo para atornillarse en el poder a punta de leyes tramposas que garantizaran impunidad. El hombre de las leyes al parecer fue el primer gran maestro de las trampas jurídicas. Creó la república de las leyes, la llamada por algunos santandereana,  para que congresistas, abogados y tinterillos, falsificaran el sentido universal de la norma. Su introducción al derecho no es la libertad y la justicia, sino la esclavitud y la miseria de una nación. Creo que ahí empezó la impunidad a la colombiana que se acerca a los doscientos años. Ciertamente y parafraseando a Jorge Gaitán Durán - la Revolución Invisible, 1959 -  nuestra clase política y católica, dice al levantarse: “Voy a cometer mi acto diario de abyección”.

A José Antonio Galán lo desmembraron antes de empezar la república. Su cabeza fue izada en una guadua. Había que infundir el máximo de terror a los campesinos afectos a la libertad. A Galán lo traicionaron en el proceso de paz que concluyó con las Capitulaciones de Zipaquirá. Los puntos del acuerdo fueron desconocidos después de su captura, orquestada hábilmente por el Arzobispo Antonio Caballero y Góngora. Sin duda un precedente catastrófico para cualquier posibilidad futura de paz. Se impuso la traición como conducta de Estado.

Es claro que fueron los españoles grandes maestros de los paramilitares colombianos. La Masacre de El Salado, en los Montes de María , donde fueron borrados a bayoneta sesenta y seis humildes campesinos, amerita una nota de cinco, una calificación excelente. No hubo reato para tasajear niños, cortar orejas, desollar cuerpos en la plaza pública y violar a las párvulas para sembrar terror extremo. Una jovencita de diez y seis años,  fue arrastrada, despellejada y finalmente, decapitada con un machete, ante la mirada aterrorizada de su pueblo, que apenas gemía. Otra, de seis años, perdió el habla para siempre, porque tuvo conciencia de que estaba en el infierno y conoció con sus propios ojos a Lucifer.

Qué tal las masacres de los pájaros Sangre Negra, El Cóndor, El Guatín y toda esa empresa del horror, a mediados del siglo xx. La masacre de las bananeras y los trescientos mil desollados por el corte de franela de la denominada violencia colombiana, son apenas episodios. Entre  el comienzo del fatídico Frente Nacional orquestado también por un cafre como Darío Echandía, él lo reconoce en su declaración, y el año dos mil ocho, superamos los muertos de cualquier violencia registrada por la historia. Sólo a los  paramilitares la Fiscalía General les ha contabilizado, hasta ahora,  ciento cincuenta siete mil asesinatos. Dice Alfredo Molano en su libro SIGUIENDO EL CORTE que Carlos Lleras Restrepo, Presidente del Frente Nacional, le tendió una trampa a Guadalupe Salcedo en Bogotá. Luego de invitarlo a almorzar y despedirlo con efusivo abrazo, le tuvo los sicarios en la esquina. Murió Guadalupe minutos después de ratificar su voluntad de paz con otro cafre. En Colombia los acuerdos de paz se han firmado en papel higiénico. El totalitarismo democrático ha sido fatal para la solución negociada de nuestros conflictos.

Qué tal los carros apocalípticos del narcotráfico. Los bombazos aterradores de Pablo Escobar y sus secuaces. La explosión inmisericorde de un avión de la Empresa Avianca. La extinción a bala limpia del Partido Unión Patriótica. La muerte violenta de concejales, diputados, congresistas y candidatos presidenciales como Galán, Pardo, Bernardo Jaramillo  y Pizarro. El asesinato de Rodrigo Lara Bonilla. Los secuestros, homicidios y torturas de la guerrilla. Los miles de suicidios de los últimos veinte años. Ayer nada más, un informe sobre salud mental de los colombianos, señaló que el 42 por ciento ha sufrido enfermedades mentales. Cómo no enloquecer con tanta violencia, con tanta hambre, con tanto desempleo, con tanto desplazamiento, con tanta desilusión histórica. ¡Claro! ¡claro  que somos un país de cafres sin memoria! Imposible seguir eternizando la épica de la independencia y añorando el poder a base de endecasílabos. No me dejaré aplicar la vacuna contra la desmemoria y la indiferencia. No seré atacado por la peste del olvido.

No podemos, entonces, escribir, como si la literatura fuera una coca cola. La literatura es una emoción personal, no una emoción colectiva. Se hace emoción colectiva cuando el escritor logra perfecta comunión con el lector, cuando interpreta afirmativamente su realidad. Dijo Edgar Allan Poe que “ con mi poesía no he tenido un propósito, sino una pasión”. Por su parte señaló Borges que: “No tenía paciencia con las teorías literarias en boga y acusaba en especial a la literatura francesa de no concentrarse en libros  sino en escuelas y camarillas”. El mercado pretende gobernarlo todo. Como un demiurgo trata de jugar con la ética y la estética. Actúa como un fetiche regulador del deseo. Nuestra literatura está dejando de ser emoción personal para convertirse en apéndice del mercado. Esa actitud implica pérdida de la memoria. Condición cafre. Muchos de nuestros escritores hacen estudios de mercado para saber qué se quiere leer. Acá se desplazan la cultura y los valores del hombre por el poder y el dinero. Finalmente, las editoriales buscan es dinero. No fomentar la cultura. Su criterio es a todas luces perverso. De tal manera que no estoy de acuerdo con Germán Pardo García, bardo de altos vuelos líricos y humanísticos, afecto como nadie a la tierra del Tolima, cuando afirma: “La misión del poeta es hoy más que nunca conciliadora”. Todo lo contrario, es imposible conciliar, ante tanta adversidad. Nuestra literatura tiene un compromiso histórico supremo y eso sólo es posible con libros imantados por la responsabilidad y la ética. Esa condición no se supera con el desespero por publicar ni con la fantasía de los premios, que al final, nada contribuyen a la posteridad de una obra como anotara Borges, ni con el anhelo de la fama y el poder. Se trata es de tener una voz propia, una ética, una postura histórica, y por supuesto, una estética.

Ciertos intelectuales dicen por ahí, que la crítica es inmadurez, recordando a Hegel y su Discurso de la Razón Pura. Qué mentira, que actitud tan reaccionaria para un país de gramáticos conservadores vende patrias como José Manuel Marroquín y demás compinches alejandrinos. El día que ejerzamos la tolerancia activa, la tolerancia en la diferencia, seremos una república civilizada. Se quiere cerrar el debate a las ideas, a la literatura y el arte con un planteamiento anodino. Se pretende implantar la muerte de la poesía y el arte  en aras de la prosa mundial galopante, igualando el estado social y económico del siglo dieciocho con el presente. Decir que la crítica es inmadurez es promover la muerte del discurso, de la dialéctica, de la inteligencia. Somos violentos, precisamente,  porque cercenamos cualquier atisbo de crítica. Es urgente refundar a Colombia en democracia, justicia y libertad. Necesitamos una especie de contrarreforma luterana. Esa fue en mi concepto la primera gran revolución europea, muy superior a los efectos de la posterior revolución burguesa francesa. Los cambios logrados por Martín Lutero en lo religioso, social y económico, fueron admirables. Por primera vez se consideró la pobreza como una condición indigna y vergonzante. Contrario al catolicismo que hizo de la mendicidad una condición privilegiada para acceder al cielo. La consigna de que “más fácil pasa un camello por el ojo de una aguja que un rico entrar al reino de los cielos”, no es más que la exaltación de la pobreza como condición fundamental para ver a Dios. Esa concepción sustentó el medioevo de señores y siervos, resignó a la pobreza absoluta y dio estatus a la miseria personal. El luteranismo explica el progreso económico, social y cultural, de Inglaterra, Alemania y Estados Unidos, para poner tres ejemplos. 

Hoy más que nunca nuestra literatura tiene que analizarse, evaluarse, controvertirse, difundirse y estimularse. Es absurdo azuzar el unanimismo, una forma sutil de la dictadura, en la sociedad actual. Las naciones más prósperas y desarrolladas lo han sido en el ejercicio libre y abundante de la crítica, la literatura y el arte. Por eso duele tanto la indiferencia de Gabriel García Márquez y Alvaro Mutis con la violencia nuestra de los últimos treinta años. No han hecho un solo pronunciamiento sobre el Proceso de Justicia y Paz con los paramilitares, ni sobre las detenciones masivas de congresistas, ni sobre la actitud genuflexa de la fiscalía general frente a sofisticados delincuentes de cuello blanco socios de descuartizadores, varios de ellos beneficiados con la  libertad y tratados por algunos sectores sociales como mártires. ¡Congresistas de la república, desmovilícense ya! ¡Acójanse a los beneficios de la Ley de Justicia y Paz! Márquez y Mutis no quieren a Colombia. Su insolidaridad es de cafres. A Márquez no parece gustarle sino el dinero y a Mutis lamerle el culo al Rey de España y a las monarquías del siglo XV. Son apátridas. Desarraigados. Olvidaron a Macondo. Olvidaron los paisajes y los cafetales de la musical, acogedora y emprendedora Tolima, efluvio, iridiscencia de  artistas. Olvidaron el trópico del gaviero.

Un capitán de barco, al despedir a un grupo de escritores argentinos, los increpó : “Maten a Borges”. Muchos lo lograron. Alcanzaron a tener una voz propia influyente en la literatura del cono sur. Evidente que era necesario matar a Borges como era necesario matar al papá en la teoría freudiana. En Colombia, menos mal, hemos matado a Márquez. Qué lejos está la influencia del realismo mágico y de Cien Años de Soledad de los nuevos creadores colombianos. Esa realidad es palpable con la lectura de las novelas de los últimos diez años. Grandes preocupaciones por las vanguardias europeas y norteamericanas saltan a la vista. Sin embargo, sí falta en nuestra literatura la descripción de un segundo Macondo. El que empieza a partir de 1967. El de las sierras eléctricas, los embanderados del Río Cauca y los crímenes de estado. El de la mafia y los carro bombas. El del Frente Nacional y el Estado de Sitio.  Ese ejercicio está pendiente. Es la gran deuda de la literatura colombiana. Hay atisbos, pero no una obra perdurable de intenciones universales. La tarea es renovadora. Tuvieron que hacerlo los escritores de la segunda postguerra. Retornaron a la historia en un esfuerzo contra el formalismo paralizante y etéreo. Recreando el CÁNTICO  de Guillén: La realidad nos tiene que volver a inventar, somos su leyenda.

 

PERIODISMO, HISTORIA Y LITERATURA

He creído que la verdadera fuente histórica está en los libros de literatura. Soy incapaz de entender la Rusia zarista sin leer a Tolstoy y Dostoievsky. No comprendo a Estados Unidos sin sus novelistas. A Francia sin sus poetas. A Inglaterra y Alemania sin sus dramaturgos y narradores. Pienso que después de CIEN AÑOS DE SOLEDAD, publicada en 1967,  no se ha escrito la novela de la siguiente violencia, superior a todas. Puede afirmarse que es un verdadero milagro estar vivo. Sesenta y seis congresistas investiga la justicia como autores intelectuales o determinadores de genocidio y desplazamiento de millones de colombianos. Somos líderes en la violación de derechos humanos y derecho internacional humanitario. Superamos a Irak en violencia. En consecuencia,  el compromiso de los creadores es inmenso. El artista tiene que afirmar la vida sobre la muerte. Ese es el primer canon del humanismo. Un escritor es un humanista por excelencia y mal haría en prestarse para juegos de demanda y oferta de la industria editorial. Esa actitud de tantos está causando mucho mal a la literatura. Ahora resulta que si una obra no es llevada al cine es mala. La mayoría de nuestros autores asegurados, financiados por la industria del libro, está enferma por el poder, los premios, los hoteles, los viajes y la información de farándula. Los tiene enfermos el protagonismo mediático. Parecen vedettes. Están descreídos como hubiera dicho Borges.  Un aroma  de ridiculez los invade. Llegaron a la fetichización del poder y el dinero atentando contra la posibilidad de una literatura más auténtica y funcional, en la medida en que toda creación estética es un acto de libertad y de conciencia histórica. Lo peor es que muchos terminaron en revistas de fruslerías exhibiendo una formación libresca y pedante, francamente detestable. Como diría el poeta colombiano Eduardo Gómez, refiriéndose a cierta poetología europea, en su importante libro ENSAYOS DE CRÍTICA INTERPRETATIVA: “Dieron lugar a la formación de un gremio “profesional” dominante, acrítico y cómplice y a una depreciación estética, social e histórica de la creación poética”.

Los creadores colombianos estamos en deuda. Tenemos que entregarle a ésta nación una obra proporcional a su tragedia. No se trata de escribir libros de periodismo presentados como novelas. Se trata es de hacer verdadera literatura apropiándose de los fenómenos históricos. Definitivamente la realidad tiene que volvernos a inventar. En toda gran literatura subyace una pesquisa histórica. Un escritor lo que hace es dejarse apropiar de la realidad. Esa realidad se vuelve literatura, cuando hay apropiación de lo irreal, de lo  incomprensible y mágico, si se quiere, de lo hermético. Ahí surge lo maravilloso, el lenguaje estético. La realidad y la irrealidad, forman entonces, la dualidad filosófica y estética de toda literatura. Hay una ontología.  Cualquiera no puede literaturizar una pelea de putas en una plaza de pueblo. No planteo demagogias estéticas. Creo que el escritor materializa siempre un acto de fe en la vida. Pero es la historia y no el periodismo lo que se tiene que conjugar. En una sociedad adocenada donde el cada día es abrumador y cercano al hastío, el escritor tiene que ser el notario de la decadencia. Siempre lo ha sido.  La mayoría de los libros publicados sobre narcotráfico, paramilitarismo, siliconas y pablos escobares, olvida la voz  estética y la apropiación rigurosa de la historia. El periodismo quiere aniquilar a la literatura. El Escritor es un sujeto histórico, no un objeto de la historia. Observen el papel de los poetas y dramaturgos griegos Sófocles, Esquilo y Eurípides. En Alemania a Goethe, Schiller y Holderlin. En Francia a Víctor Hugo y Baudelaire. En Estados Unidos a Whitman y Poe. Y, en Hispanoamérica, a Rubén Darío y Vallejo, para no citar más. Ahora bien. Qué tal revisar a los novelistas modernos Dostoievsky,  Balzac, Tolstoy, Proust, Mann, Kafka, Sartre y Joyce. Su significación histórica es deslumbrante. Demuestran la función social de cualquier literatura. Esquilo fue incluso Ministro de Finanzas y Goethe, además de Ministro de la Corte de Weimar bajo la protección del Conde Carlos Augusto, quiso hacer de la poesía parte del poder. 

Entiendo que haya una aproximación bastante respetable entre la crónica periodística y la literatura. Pero entre nosotros lo que hay es una trivialización prosaica, ni siquiera un respetable ejercicio de la crónica como acaba de afirmarlo García Márquez, quien se mostró horrorizado por el mal periodismo del siglo XXI. Necesitamos descubrir el lenguaje que represente nuestro caos. Hay una realidad demasiado abrumadora que es necesario subvertir con el lenguaje. No se trata de usar la realidad como un truco literario, ni de dar respuestas a tentaciones mediáticas, valiéndose de algún cliché o del asesinato de Lara Bonilla o la masacre de Pozzetto o los criminales Jorge 40 y Simón Trinidad, que acaban de ser objeto de un libro de Gustavo Sánchez Baute. La literatura es una sola. Hay que apostarle a la ficción y a la no ficción. Nuestra literatura no resiste la mera ficción, tampoco la sola realidad. Es una irresponsabilidad. Hoy más que nunca la sociedad reclama de los creadores una ética y una estética. No es momento de literaturas folletinescas, de estridencias ahistóricas.

 

LITERATURA DE LAS REGIONES 

Creo que la mejor literatura está en las regiones, en los municipios, en las ediciones de mil ejemplares. Para infortunio, tenemos una universidad interesada sólo en diplomados y letras de cambio. La universidad colombiana está divorciada de las expresiones estéticas regionales y de vez en vez se vale de los poetas para decorar ciertos actos fementidos. Necesitamos un inventario crítico de los autores regionales y un decidido estímulo a la investigación y publicación. Hay listados de escritores. El Tolima tiene uno de más de trescientos creadores que reposa en sus bibliotecas. Pero no estudios críticos del más alto nivel. No propongo antrologías, perdón, antologías. Son excluyentes, clientelistas, demasiado subjetivas. Digamos que mezquinas. Sobran las muestras.   En un país donde los pocos periódicos nacionales no tienen magazines literarios sino revistas de variedades que abarcan desde el punto cadeneta a  la pestañina y el dominó, es fundamental que las universidades asuman su papel. Nuestra universidad está divorciada de la realidad. Su actitud es de renuncia. Su comportamiento es autista.

Colombia tiene voces de la mayor importancia desconocidas por ausencia editorial y desdén de las autoridades locales.  Por supuesto que no falta la literatura tóxica o municipalista. Menos mal que esa se excluye sin intermediarios. Literatura sin profundidad, sin dimensión, sin grandeza. Literatura sin ninguna capacidad histórica. La verdadera literatura es una sola, como dije antes. Pero la universidad tiene que comprometerse con su estudio, apoyando la crítica y patrocinando tirajes de circulación al menos nacional. Ella debe incentivar una crítica abierta, que no enclaustre la literatura. No olvidemos que la crítica es literatura sobre literatura. La falta de tirajes importantes, la insularidad de la literatura colombiana y la poca responsabilidad de la academia con los creadores, deben superarse. Necesitamos un nuevo aire, antes que tanatos sea el dueño absoluto de lo que queda. No podemos permitir que crezca la sombra. Bien sabemos que la muerte es la sombra de la vida. Propongo un ejercicio responsable de la creación donde lo que menos importe sea el reconocimiento mediático.

Un país con una cultura traqueta debe preocupar. No se justifica que a nuestros niños les vendamos cuadernos con modelitos en ropa interior. Eso expresa una cultura traqueta que es necesario combatir. Lo triste es que esas modelos y presentadoras de televisión en su mayoría son simples prostitutas. Sus nombres propios aparecen a lo largo de toda la industria editorial, entiéndase las prepagos, el hijo del ajedrecista o el cartel. Todos esos libros las mencionan como las amantes de los capos, las putas más costosas, las visitadores de cárceles y los mejores polvos boca abajo. Simples cortesanas cabalgadas por todo el territorio de la república. El escritor y crítico francés Voltaire decía: “Cada hombre es culpable de todo el bien que no ha hecho”.

Cuando era niño mis cuadernos tenían por una cara el escudo y el himno de Colombia, y por la otra, las tablas de multiplicar. Yo aprendí a multiplicar en mi cuadernito de rayas y también ahí aprendí, que era colombiano. ¿Qué papel está cumpliendo la Universidad? 

Termino con una estrofa del poeta José Antonio Vergel, tomada de su libro, El hombre NO nació para morir:

“Mientras oigo llover

pienso que todo está naciendo,

porque la muerte se nos va muriendo”

Muchas gracias.

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* Abogado, escritor y periodista pereirano. Autor de los libros narrativos Violaciones, Muera el Quijote, Con Aurora en la Habana y Delirios de la Literatura Colombiana. Es director fundador de la Revista MEFISTO de Arte, Literatura y Medio Ambiente, hace 25 años.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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