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MUCHA POESÍA Y POCOS
POETAS,
EN EL BICENTENARIO DE
LA INDEPENDENCIA
Por *Germán López Velásquez
La historia de
Colombia es la historia de una fantasía. Seguimos
levitando; con los pies por encima de la tierra.
Nuestro nivel de locura se aproxima a la catalepsia,
es decir, a la inmovilidad total, a la extinción del
alma nacional. Sin alma no hay movimiento, por
supuesto. Nuestra nación sigue postrada, alienada,
paralizada. Es una tragedia porque nos acercamos a
los doscientos años de la llamada independencia de
España, que realmente medio se concretó en 1819 con
las batallas del Pantano de Vargas y del Puente de
Boyacá. No es verdad que nos hayamos independizado
el 20 de julio de 1810, es un decir de historiadores
de enseñanza primaria. Si nuestra independencia se
hubiera sellado en esa fecha, no tendría razón de
ser la gesta libertadora de Simón Bolívar, que
seguía sin concretarse en 1830, el año de su
solitaria y prematura muerte y que empezó,
precisamente, después de 1810. El grito de
independencia de los terratenientes, comerciantes,
intelectuales y juristas del 20 de julio, los
criollos ricos, que querían el poder para ellos en
la Nueva Granada, no es más que el comienzo de una
encarnizada lucha de clases. Y el pueblo, como
siempre, utilizado y acribillado por la revolución
contra España. Vale la pena rendirle tributo,
reconocimiento sincero, abrazo fraternal, a los
soldados de esa época, a los que se alistaron dando
cumplimiento al Acta de Independencia para proteger
a Bogotá de una arremetida española. También a los
que acompañaron a Bolívar y a todo su enjambre
libertador. Sin duda, verdaderos colombianos. Esos
ejércitos populares, revolucionarios, renunciados a
la vida total de sacar a España de nuestros
territorios, merecen todos los monumentos públicos.
Si imagináramos siquiera por un momento, el cruce a
caballo desde Bogotá hasta Quito, en la llamada
Campaña del Sur, comandada por Bolívar,
entenderíamos el sacrificio. Ahora hay grandes
autopistas, vehículos raudos, restaurantes en las
vías, hoteles lujosos donde se suspende la travesía,
armas de largo alcance, aviación militar, artillería
moderna, trajes contra el frío, medicinas, termos y
alta tecnología en los teatros de operaciones
militares. Las bombas lanzadas del cielo son de al
menos 500 libras de pólvora. Un estallido
verdaderamente universal. En esa época, la faena
tenía otro precio. Era el verdadero compromiso, la
entrega absoluta a la causa libertadora de esos
miles de campesinos desharrapados que morían en las
hondonadas, los precipicios y por el frío inclemente
de los páramos. Esa reflexión es necesaria y justa.
Cuando era niño de
escuela me hicieron dibujar a Camilo Torres y a Don
Antonio Nariño, para enseñarme la historieta aquella
del grito de independencia. Desde luego, no pudo
faltar don José Acevedo y Gómez, el famoso, trillado
y no estudiado, Tribuno del Pueblo. El 20 de julio
se conmemora en Colombia en forma superficial y
estúpida, diciéndoles a las gentes que es día
nacional y que deben izar una bandera. Claro que en
los últimos dos años ha habido un cambio. Ya no
importa poner la bandera en el balcón y la ventana
sino salir a las plazas a escuchar a todos los
cantantes vallenatos y a Shakira, Carlos Vives y
Juanes. Esta es la nueva forma de celebración de
nuestra historia.
Es bueno comprender
que el 20 de julio de 1810 no se dio por
historicismo espontáneo. Hay unas causas y también
unas consecuencias. Es decir, tres momentos
perfectamente articulados. Antes del 20, el 20 y,
después del 20. Hablemos de antes del 20 para ir
hilando todo el carretazo que se maneja en estos
días de aparente primavera independentista. España
nos colonizó por cerca de trescientos años. La
transculturización fue total. Su brazo ideológico lo
constituyó la Iglesia Católica con sus
conquistadores, su Biblia y su Santa Inquisición. Lo
demás, fue la violencia contra nuestras gentes,
ejercida en todas las formas, desde la tortura hasta
el sicariato de nuestros hombres insignes, no sólo
con pistolas españolas, francesas o inglesas, sino
con cuchillos y todo tipo de bayonetas. Los
realistas o chapetones fueron bastante decididos a
la hora de masacrarnos. Hacían cumplir las órdenes
de su majestad o de su Virrey a cualquier precio.
Nuestra condición de vasallos nunca se puso en duda.
Obligados a pagar impuestos, a ir a misa, a ser
hipócritas y camanduleros, a no pensar, a no
escribir, a dejarles los seminarios, los colegios y
las universidades a los criollos, léase
cundinamarqueses, caucanos o boyacenses, al
servicio de la corona ( la nueva clase social
terrateniente y comercial, digna de recibir
privilegios por su lealtad al Virrey de turno );
pero, también a morir en Palacios de la Inquisición
y descuartizados al estilo de José Antonio Galán, el
líder comunero de la provincia del Socorro, de San
Gil, Charalá y Mogotes. Es que los españoles nos
hicieron duchos en el arte de la tortura antes de
1810. A José Antonio, a quien le incumplieron un
Acuerdo de Paz que el Virrey tiró a la basura al
saber su asesinato, fundamentado en la baja de
impuestos, en mayores oportunidades y trato justo
para las gentes del Socorro y lugares aledaños, lo
partieron y macabramente, lo izaron en maderos
ubicados en varias localidades de esa provincia,
para despertar terror en las comunidades que se
atrevieran a protestar o levantarse de nuevo contra
los amos españoles. Mucho antes que los
paramilitares colombianos ya teníamos esos modelos
para aniquilar a los opositores. Ellos nos dieron
ejemplarizantes lecciones de muerte atroz, ajustadas
a todas las exigencias del Derecho Internacional
Humanitario. Si no hubieran muerto sus ejecutores y
autores intelectuales, tendría ahí la Corte Penal
Internacional mucho trabajo, ahora que rige en
Colombia gracias al Tratado de Roma.
Es suficiente
desplazarse a Cartagena y visitar el Palacio de La
Inquisición, para aprender sobre desmembraciones y
lamentos propios de Dante. Todas esas cosas
ocurrieron antes del 20 de julio de 1810. Ahora
bien, los vientos renovadores de la Revolución
francesa de 1789, la independencia de la América
Sajona de 1776, la traducción de los Derechos del
Hombre y del Ciudadano hecha por Antonio Nariño
desde la clandestinidad, la crisis económica de
España invadida por Napoleón Bonaparte y el
imperialismo expansivo de Inglaterra, hicieron su
aporte revolucionario. No fue, pues, el 20 de julio
de 1810, una simple algarabía de idiotas
veintejulieros en la esquina de la Plaza de Bolívar
de Bogotá, porque un rico comerciante español,
chapetón hasta la médula que orinaba azul de
Prusia, no les prestó un florero, valga decir, una
jarra para servirle jugo de maracuyá o tomate de
árbol a Don Antonio Villavicencio y sus amigos,
cercanos todos a la corona de Don Fernando Séptimo y
católicos hasta la coronilla. ¡Eso jamás! Había unos
antecedentes como acabo de explicarlo de la mayor
seriedad y con muertos suficientes. Eso hay que
decirlo a las nuevas generaciones, a los
estudiantes, a todos los que estamos próximos a los
grandes conciertos de Juanes y compañía el 20 de
julio de 2010, fecha de celebración del famoso
bicentenario de nuestra independencia, donde ya se
han lanzado hasta globos aerostáticos en cantidad de
cien por toda la capital de la república con el
nombre de Vuelo de la Libertad y cumplido otras
juergas populares con costos cercanos a los cien
millones de pesos y constituido una junta
bienhechora encabezada por el ilustre escritor del
establecimiento, Don William Ospina.
A propósito, qué
lamentable el discurso del ilustre Oidor de Bogotá,
Don William Ospina, al recibir el Premio Rómulo
Gallegos, en Venezuela. Es verdad que su Presidente
Hugo Chávez ha dado muestras suficientes de
ignorancia histórica, de falta de lectura, de mala
formación. No fuera más que un hombre de tanta
agresividad y desconocimiento de la historia, la
filosofía y las humanidades, resultara ser el gran
líder de los latinoamericanos. América Latina está
sin líderes. No tenemos arcadia. Pero, ello, no lo
habilita para decir lo que dijo. Es un discurso
típico del arribista colombiano. ¡Claro! Don William
sabe que en estos momentos tiene demasiado que
perder y en consecuencia más le vale el silencio y
la tartamudez histórica. Todo un viraje de la franja
amarilla a la franja azul de metileno, como hubiera
dicho Don Mariano de Melgarejo, aquél del caballo
que se orinaba en la cara de sus beodos ministros
peruanos. La suya es una intervención erudita que no
dice nada de la actual Venezuela por miedo a la
izquierda y también por miedo a la derecha. Una
camaleonada perfecta. Todos los autores mencionados
en su discurso están muertos y, de Colombia,
menciona sólo a García Márquez, por el sólo hecho de
que él, el oidor Don William Ospina, no está por
encima de él. De no ser así, tampoco lo habría
mencionado. No olvido que cuando ganó las elecciones
Obama, esa misma noche el diario El Espectador
estaba publicando un texto del Oidor dedicado al
ilustre líder de las negritudes norteamericanas.
Tenía el artículo listo con antelación. Imagino que
la Embajada Norteamericana lo invitó a la posesión.
Pero, bueno, lo
cierto es que el tal Oidor no dijo nada relevante en
Venezuela. No fue capaz de referirse a los
conflictos latinoamericanos, a los tratados de libre
comercio, a la instalación de bases norteamericanas
en la independiente, hace doscientos años, Colombia;
a la crisis aterradora de la economía y la sociedad
venezolanas; a la ignorancia de Evo Morales; al
analfabetismo de Daniel Ortega; a la pésima
formación intelectual de Rafael Correa; al
entreguismo descarado y arrodillado de Alan García,
el Presidente que en su primera elección y en plena
posesión, cuando era consecuente, negó el pago de
la deuda externa a la banca internacional, hoy;
gran amigo de nuestro Mandatario.
Producen risa estos
autodenominados líderes latinoamericanos, cuando
quieren reelegirse indefinidamente, es decir, ser
tiranos. Lo escandaloso de todo es que lo hacen a
nombre del Libertador. ¡Qué cinismo! Olvidan lo
dicho por nuestro gran Simón Bolívar en el Discurso
ante el Congreso de Angostura : “Nada es tan
peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un
mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a
obedecerle, y él a mandarlo, de donde se origina la
usurpación y la tiranía”. En fin, el suyo fue un
discurso ahistórico, mediocre, agazapado, arribista,
cuidadoso, propio de quien está empeñado en cuidar
los privilegios que da el poder del prestigio y,
también, por supuesto, en protegerse con el
silencio.
Uno puede tener mucho
prestigio como artista, el Oidor Don William Ospina
lo tiene, pero puede ser, también, independiente,
asistir a fiestas, emborracharse con el poder
político, aceptar cargos diplomáticos, compartir con
el establecimiento, conversar, opinar, controvertir;
es decir, tener grandeza. Eso lo han practicado
valiosos escritores y artistas del mundo,
consentidos por el poder, pero, insisto, se debe
conservar y defender la independencia. Esta es la
forma de ganarse el verdadero respeto, no con el
manoseo que gusta tanto a los intelectuales
colombianos a cambio de que les otorguen alguna
canonjía, llámese embajada o agregaduría cultural.
Un artista puede ser independiente y gozar de los
más altos reconocimientos del Estado. No pasa entre
nosotros. La mayoría cree que para acceder al
respeto tiene que renunciar a su voz, a su discurso,
a su ideología. Eso ha hecho mucho daño en la
formación de la nación colombiana. Ha destruido
mucho nuestro criterio como nación civilizada.
Ellos, han hecho de su vida y de su voz, una
verdadera renuncia.
De manera, pues, que
cuando llegamos al 20 de julio de 1810, muchas cosas
habían sucedido en los campos tributarios,
jurídicos, sociales y violentos. Ahora bien, es
bueno recordar que en el Acta de Independencia de
1810 nuestros revolucionarios criollos, juraron
seguir derramando la sangre por su majestad Fernando
VII y por la Religión Católica, madre de todas las
doctrinas colonizadoras en América Hispana. La
nuestra fue, en consecuencia, una independencia a
medias, un escarceo, un amago lleno de miedo, de
terror. Y es lógico. No se crea que era un santito
Don Juan Sámano. ¡Jamás! Era un asesino del más alto
perfil, excelentemente calificado. Esa turba
chapetona española era sangrienta. Además, porque
ideológicamente, desde los comienzos de la
colonización, se impuso en los nuevos territorios la
Doctrina Militar del Terror, de la misma manera que
en los tiempos modernos lo hizo la Escuela de las
Américas desde Panamá. Es que nada es nuevo en estos
lares.
Qué cosa tan
aterradora debieron enfrentar nuestras gentes,
nuestros líderes, nuestros campesinos y hombres del
pueblo, en la llamada reconquista española. Nunca
aceptó España la intentona de independencia de
1810. Recordemos cómo van cayendo uno a uno
nuestros próceres. Asesinados, encarcelados,
fugitivos, desterrados, despatriados; pero,
finalmente, caídos. Camilo Torres, protagonista del
20 de julio de 1810, con un tiro por la espalda en
1816. Antonio Nariño en la Prisión Real de Cádiz. El
Sabio Francisco José de Caldas, fusilado por la
espalda en el que es llamado hoy Parque Santander de
Bogotá. Es memorable la frase del realista Pablo
Morillo : “España no necesita sabios”. Zea estuvo
también preso por cuenta de los Derechos del Hombre
y del Ciudadano, con otros patriotas. Acevedo y
Gómez, el llamado Tribuno del Pueblo ( recordado por
su famosa proclama del 20 de julio de 1810 : “ si
perdéis estos momentos de efervescencia y calor, si
dejáis escapar esta ocasión única y feliz, antes de
doce horas seréis tratados como insurgentes : ved -
señalando las cárceles - los calabozos, los grillos
y las cadenas que os esperan” ), murió escondido
entre los indios Andaquíes, en las selvas del sur
del país en 1817, huyendo del régimen del terror
impuesto por Pablo Morillo. Igual suerte corrió
Emigdio Benítez. Y así, es infinita la lista de
persecuciones y asesinatos en la famosa reconquista.
Y es que asesinos de la calidad de Pablo Morillo son
difíciles de conseguir, pero vale la pena, para el
régimen, conseguirlos. Ahora, ¿qué tal un José María
Barreiro? La acción de Simón Bolívar y sus amigos
fue, sin duda alguna, una verdadera gesta
revolucionaria. Es que la independencia de España
fue un baño de sangre de muchos años.
Cuando Bolívar libera
a Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia,
tentado incluso a dirigirse a la Argentina a darle
la mano a Don José de San Martín, ha pasado por
nuestro continente excesivo dolor. No olvidemos la
muerte de su gran amigo y sucesor en la Presidencia
de Colombia, Antonio José de Sucre, muerto también
de un balazo por la espalda. ¡Ay balazo! exclamó el
Gran Mariscal de Ayacucho en su último estertor.
Bolívar sufrió demasiado. Si tuvo momentos de solaz
con hermosas mujeres, fiestas populares a su llegada
a tierras liberadas, fama, correspondencia
importante y otras satisfacciones, es indudable que
su alma estuvo cercada por el dolor de la condición
humana. Nada más ver la forma tan vil como trató de
asesinarlo el General Francisco de Paula Santander,
ese agiotista desvergonzado que se atrevió a dejar
el testamento más ignominioso que conozca la
historia. De no ser por Manuelita Sáenz otra sería
la suerte de la Nueva Granada. Nunca nos hemos
preguntado qué hubiera pasado si Santander logra su
cometido. Pero lo más grave de todo, es que muerto
el libertador de tuberculosis y, sobre todo, de
tristeza ( “La ingratitud me tiene aniquilado el
espíritu habiéndole privado de todos los resortes de
acción”, escribe en carta a José F. Madrid el 16 de
agosto de 1819 ), el dolor siguió y siguió como una
sombra cuando el sol declina, recordando al padre
Choquehuanca.
Somos un Continente
de dolor sangrante, más que de soledad. Vinieron los
egoísmos, las traiciones, las luchas intestinas por
el poder en las nuevas clases sociales, los José
Antonio Páez, grandes con la lanza y pérfidos en lo
político. La carnicería entre centralistas y
federalistas fue desgarradora en las tierras que
recién habían expulsado al imperio español y sus
asesinos. Así atravesamos todo el siglo XIX, de
guerra en guerra, de cansancio en cansancio y de
traición en traición. Mientras Mosquera asesinaba al
General Obando, Bolívar se estremecía en su tumba
del olvido en Santa Marta. Se desvanece por completo
el sueño Bolivariano de unidad, igualdad y
fraternidad. En la mitad del siglo XIX tuvimos
varias guerras civiles. Nuestra división fue total
como nación. Hasta un poeta romántico como Don Jorge
Isaac estuvo vinculado a las refriegas de la época.
Ya en 1900 se arma la guerra de Los mil días, entre
los colombianos. En 1903, nuestra oligarquía vende a
Panamá para complacer al gobierno americano,
mientras el Presidente Marroquín se dedica a pulir
un verso en su hacienda Yerbabuena. Vale la pena
recordar su respuesta a los críticos cuando se
perdió Panamá : “ ¿Y qué más quieren? Me entregan
una república y yo les entrego dos”. El cinismo es
total, el odio por el pasado, la negación de nuestro
heroísmo, del sacrificio por ser, por tener una voz.
La burla de las burlas. En 1933 afrontamos la guerra
contra el Perú que quiere quitarnos un pedazo en el
Amazonas. Le toca al Presidente Enrique Olaya
Herrera. Llegamos bien descompuestos a los años
cuarenta con intentonas de reformas agrarias como la
Ley 200 de López Pumarejo. Posteriormente, se desata
la otra violencia, la del machetazo, el corte de
franela, la izada del feto, la desaparición y la
tortura, entre liberales y conservadores, entre
rojos y azules. De triste recordación Sangre negra,
El cóndor y El Guatín, entre otros personajes
siniestros, hijos de la ignorancia y la actitud
criminal de los dirigentes liberales y
conservadores. El asesinato de hombres ilustres
toma forma de nuevo. Cae en Bogotá a pleno medio
día, de varios balazos, el candidato presidencial
Jorge Eliécer Gaitán. A los pocos años, con más de
cuatrocientos mil crímenes en las ciudades y campos
colombianos, se logra una pacificación mentirosa
obtenida con traiciones y más asesinatos como el de
Guadalupe Salcedo en Bogotá, atribuido por algunos
historiadores al liberal Carlos Lleras Restrepo y
otros políticos de alto rango nacional.
Llega el Frente Nacional con toda su
carga represiva. Se impone la alternancia en el
poder de los dos partidos tradicionales con
exclusión de cualquier otra forma del accionar
político. Se fortalecen las guerrillas nacidas en
las filas del liberalismo. Terminado el Frente
Nacional de 16 años en 1974, con Misael Pastrana
Borrero, empieza otra violencia peor : La del
narcotráfico. A los bombazos y estalladas de aviones
de los años ochenta, se suma el activismo
guerrillero que toma y destruye pueblos, secuestra y
asesina soldados y policías. Y como si fuera poco,
surgen los paramilitares, auspiciados por el Estado
y enfrentados de manera sangrienta a las guerrillas.
Son miles sus muertos. Fusilados, cortados con
motosierras, desangrados en todas las formas,
arrojados a fosas comunes. Miles de inocentes
campesinos, obreros, estudiantes, sindicalistas,
trabajadores, miembros de partidos políticos de
izquierda, candidatos presidenciales, son víctimas
del nuevo orden que se impone en el territorio
nacional con el silencio del establecimiento, su
cómplice solapado.
En esas condiciones, arribamos al
siglo XXI. Bañados en sangre, separados,
divorciados, lejos de cualquier ideal Bolivariano de
unidad y reconciliación. Nada ha cambiado en estos
nueve años del prometedor siglo que fue recibido con
luces multicolores anunciantes de esperanza. Se
firmó un Acuerdo de Paz con los paramilitares que
ellos mismos han denunciado como una traición. El
accionar de las armas de todos los bandos crece en
los campos y ciudades. La vorágine no se detiene.
Sigue la agonía, el lamento, el canibalismo. Nada
hemos avanzado. Lo contrario, retrocedemos con
indiferencia, sin alma, sin sueños, sin magia. Sin
ninguna capacidad de reconstrucción, de mirar al
frente; sin deleitarnos en la ilusión y la
esperanza, esas dos palabras hijas de los dioses.
Los actos de negación
se nos repiten cada día. Seguimos crucificados,
mirando hacia abajo, sin horizonte. O como
murciélagos, observando apenas la sombra de la
silenciosa noche. Unos verdaderos dráculas acostados
entre la mortaja, huyéndole a la luz.
Ya no necesitamos
poetas ensimismados, encerrados, escritores para
adentro, rendidores de culto al malditismo. Estamos
agotados de poetas malditos anacrónicos, renunciados
al mundo, divorciados del hombre. Exigimos poetas
para el mundo, pues el poeta tiene que ser ante todo
un hombre.
Acaba de firmarse un acuerdo para la
instalación de siete bases militares norteamericanas
en territorio colombiano, que nos convertirá,
gústenos o no, en un escenario geoestratégico para
la confrontación regional. Bolívar no quería eso.
Mientras tanto, se sigue escribiendo mucha poesía,
publicando mucho libro, pero con pocos poetas a
bordo. Es una realidad. Unos, escriben aserrín.
Otros, plagian autores europeos de hace doscientos o
trescientos años, para descrestar bobos, para
copiarse como negativos. Y otros más, que ignoran
dónde están parados. Los restantes, víctimas de una
ignorancia, un narcisismo y una pedantería mariconas.
Todo ello, mientras el Oidor o Regidor o Comendador
don William Ospina, escribe discursos inanes para
señoras amantes del tresillo y publica elegías de
varones ilustres de indias que le permitan ser
invitado a la Casa de América en España. Otra gran
burla.
..........................................
*
Abogado, escritor y periodista
colombiano. Autor de los libros Violaciones, Muera
El Quijote, Con Aurora en la Habana y Delirios de la
Literatura Colombiana, Es fundador y director de la
Revista MEFISTO de Arte, Literatura y Medio
Ambiente, hace 25 años.
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